Caballeros 1

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jueves, 12 de mayo de 2022

Gorki: La madre del monstruo.


 


Día tórrido. Silencio. La vida está como cristalizada en un luminoso remanso. El cielo contempla a la tierra con mirada límpida y azul por la pupila resplandeciente del sol.

El mar se diría forjado en metal liso y azuloso. En su inmovilidad, las barcas policromas de los pescadores parecen soldadas al hemiciclo tan esplendoroso como el cielo… Moviendo apenas las alas, pasa una gaviota, y en el agua palpita otra más blanca y más bella que la que hiende al aire.

El horizonte aparece confuso. Entre la bruma, se vislumbra un islote violáceo, del que no se sabe si flota dulcemente o si se derrite bajo el calor. Es una roca solitaria en medio del mar, espléndida gema del collar que forma la bahía de Nápoles.

El pétreo islote, erizado de cresta y aristas, va descendiendo hasta el agua. Su aspecto es imponente, y tiene la cima coronada por la marca verdeoscura de un viñedo, de los naranjos, de los limoneros y de las higueras, y por las menudas hojas de color de plata oxidada de los olivos. Entre este torrente de verdor que se desborda hacia el mar sonríen unas flores blancas, áureas y rojas, y los frutos anaranjados y amarillos hacen pensar en las noches sin luna y de firmamento sombrío.

El silencio reina en el cielo, en el mar y en el alma.

Entre los jardines serpentea un angosto sendero, por el que una mujer se dirige hacia la orilla. Es alta. Su vestido negro y remendado está descolorido por el uso. Su pelo brillante forma como una diadema de ricitos sobre la frente y las sienes, y es tan encrespado que no es posible alisarlo. De su rostro enjuto impresiona la mezcla de rudeza y austeridad. Hay en estas facciones algo profundamente arcaico; al tropezar con la mirada fija y sombría de sus ojos, se piensa sin querer en los ardientes orientales, en Débora y en Judit.

Anda con la cabeza agachada, haciendo calceta; el acero de las agujas brilla entre sus dedos. El ovillo de lana está oculto en una de sus faltriqueras, pero se diría que el hilo rojo sale de su pecho. El camino es sinuoso y los pedruscos crujen y resbalan a su paso. Sin embargo, la vieja sigue bajando con la misma seguridad que si sus pies viesen el sendero.

He aquí la historia de esta mujer.

Poco después de su matrimonio con un pescador, su marido salió un día a la faena y no regresó. La mujer estaba grávida.

Apenas nació el niño, ella procuró mantenerlo siempre oculto de la gente. Nunca la vieron con él en la calle, al sol, para glorificarse con su hijo, como suelen hacer todas las madres; antes al contrario, lo tenía envuelto en harapos, en un rincón de su choza.

Durante mucho tiempo ningún vecino pudo ver del niño más que la cabezota y los inmensos ojos inmóviles en la cara amarillenta. Advirtieron asimismo que la madre, que antaño había luchado a brazo partido contra la miseria, llena de alegría, infatigablemente, que sabía comunicar valor a los demás, se mostraba ahora taciturna y parecía estar siempre meditando, con el ceño fruncido, como si contemplase el mundo a través de un velo de dolor, con mirada extraña e interrogadora.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que todos se enterasen de su desgracia. El niño había nacido contrahecho, y esa era la causa de la pesadumbre de la madre y el motivo de que lo ocultase de la gente.

Entonces los vecinos, condolidos, le dijeron que comprendían el dolor de una madre que da a luz a un hijo anormal, pero que nadie, salvo la Madona, sabía si aquella prueba era un castigo, y que el niño, de todos modos, no debía ser privado de la luz del sol.

Ella prestaba oídos a la gente y les mostraba a su hijo. Tenía éste unas piernas y unos bracitos en extremo cortos, como aletas de pez; la cabeza, hinchada como una bola, se sostenía a duras penas sobre el cuello delgaducho y endeble; el rostro estaba todo surcado de arrugas; tenía los ojos turbios y la boca hendida por una sonrisa inexpresiva.

Al mirarlo, las mujeres lloraban y los hombre se retiraban mohínos, con una mueca de desdén. La madre del monstruo se sentaba en el suelo, y ora bajaba la cabeza, ora la levantaba y miraba a todos, como preguntando algo que nadie podía comprender.

Los vecinos construyeron para el engendro una caja semejante a un ataúd; lo llenaron de vellones de lana, colocaron en ella al pequeño monstruo y los pusieron en un rincón del patio. Tenían la esperanza de que el sol, hacedor de milagros, haría uno más.

Pero fue transcurriendo el tiempo y el monstruo seguía siéndolo: una cabezota enorme, un largo tronco y unos atrofiados muñones. Únicamente su sonrisa iba adquiriendo una expresión más y más definida de insaciable glotonería. En la boca surgieron dos hileras de agudos dientes, y los cortos y deformes brazos se adiestraron en coger los trozos de pan y llevarlos, sin equivocarse nunca, a la ávida bocaza.

Era mudo, pero cuando alguien comía cerca o cuando olía alimento, abría el hocico y empezaba a dar unos mugidos roncos y a menear como un loco la cabezota, mientras el blanco mate de los ojos se le cubría de venillas sanguinolentas.

Comía mucho, cada día más; su mugido se hizo persistente. La madre trabajaba sin cesar, pero su ganancia era exigua y a veces nula. No se quejaba de su suerte, y si aceptaba alguna ayuda, era de mala gana y sin despegar los labios. Cuando estaba fuera, los vecinos, cansados del constante mugir del monstruo, corrían a meterle en la boca mendrugos, frutas, legumbres y cuanto comestible tenían a mano.

-¡Te va a comer viva! -decían a la madre-. ¿Por qué no lo llevas a un asilo?

-No quiero oír hablar de eso -contestaba la pobre mujer-. Soy su madre. Yo lo traje al mundo y yo he de ganar el sustento para él.

Como aún era hermosa, más de uno quiso hacerse amar por la desdichada, pero no obtuvo el menor éxito. A uno, precisamente a aquel hacia quien se sentía más inclinada, le dijo un día:

-No puedo ser tu esposa. Tengo miedo de engendrar otro monstruo. Tú mismo te avergonzarías. ¡No, vete!

El hombre insistió, recordándole que la Madona hacía justicia a las madres y las consideraba como hermanas suyas. Pero ella exclamó:

-¡Ay! No sé de qué puedo ser culpable, pero se me castiga con crueldad.

El pretendiente suplicó, lloró, se enfureció; pero la mujer no cedió.

-Me da miedo -decía-. He perdido la fe en mi destino…

El hombre se marchó muy lejos, y no regresó nunca.

Durante muchos años, la pobre madre estuvo llenando aquella boca sin fondo que engullía sin cesar. El monstruo comía todo el fruto del trabajo materno, la sangre, la vida de la desgraciada mujer. La cabeza, cada vez más desarrollada, era horrible. Semejaba un globo a punto de desprenderse del atrofiado cuello para elevarse por el aire, tras haber topado contra las esquinas de las casas.

Todos los que pasaban por la calle y miraban hacia el patio, se detenían estupefactos, estremecidos, sin atinar a comprender qué era aquello. La caja estaba adosada a un muro por el que se enredaba una parra, y de su interior surgía la cabeza del monstruo.

El amarillento rostro estaba surcado de arrugas; los pómulos eran salientes; los ojos mates, desencajados, casi salían de las órbitas.

Aquella horrenda imagen se quedaba fija largo tiempo en la memoria. La gran nariz, achatada, vibraba y se estremecía; los labios, al moverse, dejaban al descubierto unos dientes carniceros, y a cada lado del globo surgían dos desmesuradas orejas que parecían tener vida propia e independiente… Aquel horripilante mascarón estaba rematado por un manojo de pelos negros y rizados como los de un africano.

Casi siempre se le veía con un pedazo de cualquier cosa comestible en la mano diminuta y breve como la patita de una lagartija.

Entonces inclinaba la cabeza y mascaba con gran ruido, sorbiéndose los mocos, y los ojos se le movían hasta fundirse en una mancha turbia y sin fondo sobre la pálida faz, cuyas contracciones semejaban las de la agonía. Cuando tenía hambre, alargaba el cuello y abría la boca enrojecida, de la que salía una delgada lengua de víbora para mugir con acento imperativo.

La gente se marchaba santiguándose y musitando una oración.

Aquello les recordaba todos los dolores y desgracias que les había deparado la vida.

Un herrero, hombre viejo y de carácter melancólico, repetía a menudo:

-Cuando veo esa bocaza que se lo traga todo, se me ocurre que mi fuerza ha sido también devorada por algo, no sé qué, pero que se le parece mucho. Y pienso que todos nosotros vivimos y morimos para mantener parásitos.

Aquella cara enmudecida suscitaba en todas las conciencias ideas tristes y sentimientos de espanto.

La madre escuchaba los comentarios de sus vecinos sin despegar los labios. Sus cabellos encanecieron prematuramente y las arrugas se fueron extendiendo por su rostro. Hacía ya tiempo que había perdido el hábito de reír. No ignoraban los vecinos que la infeliz se pasaba las noches enteras a la puerta de su casa mirando al cielo, como si esperase que de allí pudiera llegar el socorro. Y se decían unos a otros, encogiéndose de hombros:

-¿Qué debe estar esperando?

Terminaron por aconsejarle:

-¡Llévalo a la plaza, junto a la iglesia! Por allí pasan los extranjeros y le echarán limosna.

-Sería horrible que lo vieran los extranjeros -contestó la madre, horrorizada-. ¿Qué pensarían de nosotros?

-La desgracia existe en todos los países -le contestaron-, cosa que nadie ignora.

La madre negó con un movimiento de cabeza.

Cierto día, ocurrió que unos extranjeros visitaban el pueblo y lo husmeaban todo, entraron en el patio y se fijaron en el monstruo, que estaba metido en su caja. La madre fue testigo de sus gestos de repugnancia y comprendió que hablaban con repulsión de su hijo. Pero lo que más la sorprendió fueron ciertas palabras pronunciadas con acento de desprecio y animosidad y, también, de triunfo.

La desgraciada mujer conservó en la memoria el sonido de aquellas palabras extranjeras, que repetía insistentemente y en las que su corazón de italiana y de madre adivinaba un significado insultante. Aquel mismo día fue a casa de un adivino conocido suyo y le preguntó qué significaban las palabras que había oído.

-Convendría saber quién las ha pronunciado -contestó el hombre, frunciendo el ceño-. Pues significan: “Italia muere antes que las demás naciones italianas”. ¿Quién forja semejantes mentiras?




La pobre mujer se marchó silenciosa.

Al día siguiente, a consecuencia de un hartazgo, su hijo murió entre convulsiones.

La madre se sentó en el patio, junto a la caja, con las manos cruzadas sobre aquella cabeza inerte. Permanecía quieta, inmóvil, y parecía más que nunca esperar algo. Fijaba la mirada interrogante en cada uno de los que desfilaban ante el cadáver.

Todos guardaron silencio. Nadie le preguntó nada, aunque muchos se sentían inclinados a felicitarla por haberse liberado de aquella esclavitud, o tal vez hubieran deseado consolarla por haber perdido al que, después de todo, era su hijo. Pero nadie despegó los labios. Hay momentos en que todos comprenden que ciertas cosas no pueden expresarse sin que parezcan reticencias.

Mucho tiempo después de la muerte del monstruo, la madre seguía mirando a la gente a la cara, como si preguntase no se sabe qué. Pero luego, poco a poco, pareció ir olvidándolo todo…

martes, 3 de mayo de 2022

Rosaura. Siglo XXI.

 

Rosaura  es una propuesta teatral del grupo Teatro Inverso (2019) Tomando como referencia la obra cumbre de Calderón  La vida es sueño cuentan la historia desde el punto de vista de Rosaura La propuesta profundiza en la idea de Calderón sobre la supremacía del perdón 

miércoles, 20 de abril de 2022

Recomendaciones lectoras.

  Nicolás, recomienda

Desde que sus padres le regalaron un perro, la fascinación de S y Montgomery por los animales no ha hecho más que crecer, hasta el punto de que ha viajado a los rincones más recónditos del planeta y ha corrido mil peligros para conocer a los seres más extraños o desvelar los secretos de los más cercanos. Sobre ellos ha escrito más de veinte libros que la han convertido en una de las naturalistas más renombradas de nuestros días. En este volumen, maravillosamente ilustrado por Rebecca Green, nos relata su vida a través de su relación con trece animales que le enseñaron a superar sus temores o a desarrollar su entusiasmo por la existencia. Una auténtica lección de vida sobre las maneras en que los animales pueden mejorar nuestra humanidad y convertirnos en mejores criaturas.


Claudia, recomienda:


Un brutal asesinato, una familia rota y un destino más cruel... que la muerte Una noche es suficiente para que la vida de una persona cambie y se destruya. ... Nos apetece.


Jackeline, recomienda:



Manuel, recomienda:


One Punch-Man es un manga creado por ONE e ilustrado por Yusuke Murata, que actualmente se publica de manera gratuita en la página web Tonari no Young Jump de Shūeisha. Adapta el webcómic del mismo ONE. Una adaptación al anime producida por el estudio Madhouse fue estrenada en octubre de 2015, mientras que su segunda temporada, a cargo de J.C.Staff, se emitió en abril de 2019.

La serie gira en torno a un héroe llamado Saitama que ha entrenado tan duro que se le terminó cayendo el pelo, y es tan fuerte que puede derrotar a cualquiera de un solo golpe. Aún así, su poder es tan grande que se aburre y se frustra por ganar tan fácilmente, por lo que se mantiene a la espera del día en el que aparezca alguien capaz de darle una verdadera batalla.

Leo, recomienda:



Quizá un libro un poco infantil.Esta es la historia de Joe Spud, el niño más rico del mundo. Humor y aventuras de la mano del autor número 1 en Inglaterra.

Joe es el niño de doce años más rico del mundo. Tiene tanto dinero que ha comprado todo lo que se puede desear: un coche de Fórmula 1, quinientos pares de deportivas (sin exagerar), un perro robot importado de Japón, un acuario con dos cocodrilos y un tiburón y un parque de atracciones privado para el jardín.

Paula, recomienda:


¿Tú qué harías si por casualidad te encontraras al amor de tu vida en la situación más incómoda del mundo? Arthur y Ben son dos chicos que pareciera están destinados a pasar el resto de su vida juntos. Sin embargo, el universo les enseñará que a veces las personas estarán presentes en los momentos más importantes del otro, aunque no de la forma que piensan. Claro, eso no impide que el amor prevalezca.


Xiana, recomienda:





Samuel, joven huérfano, ha sido adoptado por un personaje rico, misterioso y malvado… Por encargo del gobierno de Isabel II ambos emprenden una misión, junto a una misteriosa chica por el que Samuel se sentirá extrañamente atraído, por los cementerios más antiguos: deberán recabar información sobre ciertas tumbas y los muertos que las ocupan. En su investigación, Samuel descubrirá hechos espeluznantes y una verdad dolorosa: nada ni nadie es lo que parece.


Bruna, recomienda:


El primer libro que ha leído Bruna. Cereza, una niña de 10 años que sueña con ser escritora, es la protagonista de «Los diarios de Cereza», la colección de cómic infantil que se ha convertido en un fenómeno en Francia.

Acompaña a Cereza en su primera investigación, ¡que le llevará hasta el corazón del bosque y a descubrir un lugar maravilloso!



Ada, recomienda:





Ada Goth vive con su padre en el antiguo Palacete Nebroso. Allí solo los acompañan un grupo de sirvientes y algunos fantasmas. El padre de Ada, Lord Goth, piensa que los niños solo deben ser oídos y nunca vistos, así que su hija lleva unas pesadas y ruidosas botas que le advierten de su presencia. Ada dedica los días a vagar por los pasillos de su misteriosa casa, hasta que encuentra el fantasma de un ratón que murió recientemente.


Abdi , recomienda:


Una historia llena de mentiras y secretos, atracción y odio en la que nadie parece decir la verdad. ¿Hay algo más adictivo que desenmascarar a los Perfectos mentirosos?


Jude acaba de llegar a una de las universidades más elitistas del mundo, pero ya se ha dado cuenta que ahí todo se mueve alrededor de las fiestas, los cotilleos y los ligues entre estudiantes. Y que todo eso gira en torno a un trio irresistible: los hermanos Cash. Son vacilones, astutos, pero insoportablemente atractivos y poderosos. Y por encima de todo están acostumbrados a liderar el campus con sus juegos de niños ricos. Lo que no saben es que Jude tiene un plan: sacar a la luz sus más oscuros y perversos secretos, esos tan bien escondidos tras el lujoso apellido Cash.



Diego, recomienda:


Verano de 1870, Sherlock Holmes, Arsène Lupin e Irene Adler se conocen en Saint-Malo. Los tres deberían estar disfrutando de sus vacaciones, pero el destino les ha reservado algo distinto.

En efecto, los chicos se ven envueltos en un torbellino criminal: roban un collar de diamantes sin dejar rastro, en la playa es encontrado un hombre sin vida y una oscura silueta aparece y desaparece sobre los tejados de la ciudad. La policía anda a tientas y les tocará a otros resolver el caso…


María, recomienda:


Sherlock Holmes, el detective más famoso del mundo, está removiendo cielo y tierra para encontrar a su hermana pequeña Enola, quien parece haber sido engullida por la ciudad más grande y oscura del mundo: Londres.

Mientras se esconde de su propio hermano, Enola se topa con unos dibujos al carboncillo y siente una conexión inmediata con su autora, Lady Cecily, pero esta ha desaparecido sin dejar rastro. Así que Enola deberá resolver los enigmas que conducen hasta esta dama zurda.



¿Por qué ha decidido Chloe ayudar al señor Fétido? Pues porque es la única persona en el mundo que ha sido amable con ella. Sí, es probable que huela a rayos y que su perra, Duquesa, parezca una rata callejera, pero es simpático y muy educado.

Además, seguro que tiene muy buenas historias que contar... ¡Y a Chloe le encantan las historias!


Roi, recomienda:




¿Qué pasaría si un día descubrieras que, en realidad, eres hijo de un dios griego que debe cumplir una misión secreta? Pues eso es lo que le sucede a Percy Jackson, que a partir de ese momento se dispone a vivir los acontecimientos más emocionantes de su vida. Expulsado de seis colegios, Percy padece dislexia y dificultades para concentrarse, o al menos ésa es la versión oficial. Objeto de burlas por inventarse historias fantásticas, ni siquiera él mismo acaba de creérselas hasta el día que los dioses del Olimpo.

o le revelan...

jueves, 24 de septiembre de 2020

Microrrelato de Kafka.

  



LA PARTIDA

Franz Kafka

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.

miércoles, 15 de abril de 2020

3º de ESO, semana del 14 al 27. Segunda jornada.

Lee el siguiente fragmento del libro de Manuel Jabois que tenemos en esta evaluación y realiza tres preguntas en torno a la voz narratorial.

                                          RECUERDA.
El narrador es un personaje creado por el autor que tiene la misión de contar la historia. Hay diferentes tipos de narrador según la información de que dispone para contar la historia y del punto de vista que adopta.
Tipos de narrador:
DE 3ª PERSONA
NARRADOR OMNISCIENTTE ( que todo lo sabe). El narrador omnisciente es aquel cuyo conocimiento de los hechos es total y absoluto. Sabe lo que piensan y sienten los personajes: sus sentimientos, sensaciones, intenciones, planes…

NARRADOR OBSERVADOR. Sólo cuenta lo que puede observar. El narrador muestra lo que ve, de modo parecido a como lo hace una cámara de cine.
DE 1 ª PERSONA
NARRADOR PROTAGONISTA. El narrador es también el protagonista de la historia (autobiografía real o ficticia).
NARRADOR PERSONAJE SECUNDARIO. El narrador es un testigo que ha asistido al desarrollo de los hechos.
DE 2 ª PERSONA
El narrador HABLA EN 2ª PERSONA. Crea el efecto de estar contándose la historia a sí mismo o a un yo desdoblado.

La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo. Todos éramos mi hermana Rebe y yo, que nos habíamos sentado en la cocina para comer tostas de pan y aceite con la radio puesta.
—Es un desayuno de mayores, no sé cuántas veces os lo tengo que decir —dijo mamá antes de salir de casa.
Pero nos gustaba. No nos hacía daño ni hacía daño a los demás, tampoco molestaba a nadie ni era incómodo, ni había que guardarlo en secreto, ni nos hacía llorar en la cama antes de dormir, ni nos ponía tristes toda la semana, ni nos dejábamos de hablar con alguien por hacerlo, así que tan de mayores no era.
Ese día empezábamos el colegio, podía decirse que había acabado definitivamente el verano. Mi hermana y yo nos cruzábamos de un lado a otro de la casa con los ojos como platos, en pleno estupor. La noche anterior al primer día, mientras daba vueltas en la cama intentando dormirme, oí a mi madre moviéndose por mi cuarto como los reyes magos. Al despertar encontré mi cartera llena de libros, los bolígrafos metidos en las cartucheras y la ropa encima de la silla, lavada y planchada.
—Cualquiera diría que tienes pensado aprobar alguna —dijo mi hermana.
Pero esos momentos, víspera del curso, eran los únicos en que mamá pensaba que yo podía llegar a ser algo de provecho. Estaba aún morena de la playa y muy ilusionada conmigo, y le hablaba a todo el mundo de mí y de lo que yo iba a hacer ese curso, de lo mucho que iba a estudiar y a esforzarme para recuperar el año que había perdido. Esa noche me ordenaba los rotuladores como si ya me estuviese ordenando los ahorros; la imaginaba haciéndolo mientras les pasaba las cuentas pendientes a sus amigas, que tenían todas hijos más guapos, más listos y más imbéciles que yo.
Mi madre, mi guapa y joven madre: tan llena de vida esa mañana, no como otros. Han pasado ya algunos años, pero tengo ese día frente a mí tan cerca que si estirase la mano podría introducirme dentro. Hacía todavía calor, amanecía temprano, la vecina hacía correr el cordel de la colada y por la ventana abierta del salón se oía el ruido del tráfico. Yo llevaba un pantalón corto y un polo granate; Rebe no llevaba medias.
Cuando acabamos de desayunar tiré la cuchara al fregadero desde la puerta de la cocina, como si fuera Magic Johnson, y Rebe y yo saltamos del susto porque se oyó un ruido enorme, como si en lugar de la cuchara hubiese tirado una lámpara. Hubo otro ruido más después de ése, y entonces supimos que se había caído algo muy pesado en la casa.
Fuimos corriendo hasta la puerta del cuarto de nuestros padres, ni un centímetro más.
—Hace el capullo —susurró mi hermana.
Papá estaba tirado boca arriba de una forma tan perfecta que parecía que le hubieran disparado una flecha. Uno de nosotros dos tenía que acercarse, pero ninguno quería hacerlo porque en el fondo teníamos miedo de que papá se levantase de golpe dándonos un susto de muerte. Yo empecé a sudar, creo que fue la primera vez que tuve sudores fríos. Volvería a sudar muchas veces, por razones importantes y por razones estúpidas, pero ésa no la olvidaré porque fue la primera vez que tuve miedo de verdad, la clase de miedo que una vez que se tiene ya nunca se va del todo.
Recuerdo las cortinas blancas que mamá había ido a comprar conmigo la primavera anterior, el olor a suavizante de las sábanas en la cama recién hecha y la alfombra verde estirada al lado del armario. La lámpara de la mesilla de noche rota en el suelo, el tapete colgado de la borla del cajón. Si papá no se estaba muriendo, debería.
—Vete tú, que eres la mayor —le dije a mi hermana.
—Por eso mismo vas a ir tú, mira por dónde —Rebe estaba temblando.
Papá no se movía. Yo sabía cuando un padre hace el capullo, pero no cuando un padre muere. Tampoco entendía el sentido que le encontraba papá a hacernos bromas pesadas todo el rato, como esconderse en un armario cuando estábamos durmiendo y salir pegando gritos. Si tienes dos hijos pequeños y eres un capullo perdido lo mínimo que puedes hacer es esperar un poco para demostrarlo, pero mi padre tenía muchísima prisa para todo.
Empecé a caminar despacio; sabía tan poco de la muerte que pensaba que lo único que podía hacerle a mi padre era despertarlo. Al llegar a él me senté sobre su pecho. Entonces le tapé la nariz, que era algo que le hacía Rebe al abuelo Matías cuando roncaba mucho. Un día mi abuelo se llevó tal susto que se despertó de golpe y la estampó contra el armario. «Esta niña es tan gilipollas como su padre», dijo. Pero no tenía razón; me pesa decirlo porque es familia, pero no tenía razón. Rebe nunca fue gilipollas, ni siquiera entonces.
—Está muerto —dijo.
Entonces caí en la cuenta de que yo llevaba un minuto tapándole la nariz a papá.
—¿Le puedo destapar la nariz?
—Sí, sí, ya está —dijo poniendo los ojos en blanco.
De repente el secreto de los dos se rompió. Había que hacer algo y hacer algo rápido. Rebe salió corriendo del piso, dejando junto a mí el olor a la colonia que se había puesto para ir a clase, de eso me acuerdo perfectamente porque Rebe siempre fue la hermana que mejor olía del mundo, y llamó a los vecinos de enfrente, que no estaban en casa, y subió al piso de arriba para seguir timbrando las puertas de todo el mundo.
Yo no tenía ni idea de cuánto tiempo se podía tapar la nariz de alguien. Pensaba que hasta que ese alguien te tira contra el armario. Lo peor es que ya no podía saber con claridad qué prefería: que mi padre estuviese vivo cuando me senté encima de él, y por tanto tuviera aún probabilidades de estarlo pese a dejarlo sin respiración, o que ya estuviese muerto cuando llegamos al cuarto, con lo que yo no tendría ninguna responsabilidad Era todo un dilema.
Cuando apareció la ambulancia se tuvo que cortar el tráfico, y bajaron casi todos los vecinos a nuestra planta; mucha gente de la calle se paró en el portal. Los curiosos que esperan una camilla me parecen la peor clase de curiosos del mundo: deberían salir del edificio veinte camillas con los padres de cada uno de ellos.
A Rebe y a mí nadie nos contó nada. En el momento en que la ambulancia apagó las sirenas nos hicieron desaparecer de la escena ya no sé si por huérfanos o por sospechosos. Un señor que se presentó como Armando, y al que habíamos visto días antes porque era el nuevo vecino del segundo izquierda (y que también me parecía un poco capullo), apareció de la nada en nuestro salón y nos subió a su casa mientras «los sanitarios» se llevaban a papá. Armando decía «los sanitarios» y es casi lo que más recuerdo de ese día, porque siempre andamos por la vida acordándonos de chorradas.
Armando nos había metido en su piso a empujones con la cara que supongo que se le pone a un desconocido cuando se muere tu padre. No es una cara fácil: te importa y no te importa a la vez. No se lo reprocho; hay que estar ahí. Cuando te importan y no te importan las cosas se forma una congestión rarísima, una crispación que no es por el dolor ni por la tristeza por la muerte de nadie, sino porque los músculos se bloquean ante las órdenes contradictorias y terminan componiendo un gesto de horror que a veces desemboca en un ictus. Dios llevaba tiempo preparando esta carnicería.
—Os sentáis aquí y os esperáis un segundo.
Rebe y yo obedecimos. Nuestro primer acto oficial como huérfanos fue sentarnos en la cocina, donde toman decisiones los mayores. Lloramos un rato hasta que imagino que nos cansamos, esto no lo recuerdo bien. La verdad es que Rebe y yo no llorábamos mucho juntos. Normalmente si uno lloraba era porque el otro lo había hecho llorar. Luego nos fuimos encontrando con parejas de hermanos que tras pelearse lloran los dos, o que lloran mientras pelean, o que lloran por nervios; nosotros, no. Nosotros nos habíamos puesto a llorar porque suponíamos que papá estaba muerto, y aunque a mí y al abuelo nos parecía un poco capullo, la muerte de papá nos venía muy grande.
Armando intentó localizar a mamá sin suerte. Nosotros tampoco habíamos podido. Papá estaba muerto y lo único que quedaba por saber, básicamente, era si lo había matado yo. Por mi parte, tocaba pasar página. Se lo dije a Rebe con la mayor inocencia del mundo y casi me da un bofetón.
Armando nos hizo unos colacaos («pan con aceite no es desayuno de niños») mientras nos contaba que eran nuevos en el edificio. Cuando terminamos los colacaos saltó de la silla y dijo: «¡Voy a trabajar!». Y se fue de la cocina diciendo que podíamos andar por la casa tranquilamente, y entrar en los cuartos de sus hijos, que fue como nos enteramos de que Armando tenía hijos.
Armando no era un capullo, tampoco un mayor exactamente, pero era un tío rarísimo. Medio calvo, delgado, con tripita y pantalones de pijama. Tenía algo que me gustaba mucho: los dientes de arriba bastante más separados que los de abajo, lo que lo convertía casi en un dibujo animado. Cuando cerraba la boca podía esconder lo que fuese en el hueco del paladar. Trabajaba en casa, que era algo que yo no sabía que se podía hacer. Empezaba a la hora que quería, con la ropa que le apeteciese, y se tomaba las «pausas» que le daba la gana; de hecho, siempre que lo veíamos estaba «en una pausa». Meses después me enteré de que el secreto del trabajo de Armando era que no cobraba.
El piso de Armando estaba justo encima del nuestro. Era igual, pero supongo que decorado a la manera de Armando y su mujer, si la tenía, porque la verdad es que no nos dijo nada de entrar en su cuarto. Un recibidor, la cocina a la derecha, el salón a la izquierda y después un pasillo muy estrecho que llevaba a tres habitaciones y una salita. Yo me metí en un cuarto que tenía cama nido y una mesa con un Amstrad 464 de pantalla verde. La cajonera estaba llena de juegos: Shinobi, Gauntlet, Target: Renegade, Ghosts ’n Goblins. En un armario más había varias cajas con juegos de mesa: Cuatro por Cuatro, Quién es Quién, Hotel y Hundir la Flota. Y clicks de Playmobil: toda la habitación estaba llena de clicks de Playmobil, y casi todos además estaban de pie, algo que me daba un poco de apuro porque me hacía sentir Gulliver.
Me senté en la cama; recuerdo que tenía un colchón comodísimo, ni blando ni duro. Luego me puse tan aburrido que no sabía si echarme a llorar un rato. Intenté concentrarme para hacerlo y pensé en papá. Recé por él, recé muchos padrenuestros y muchos avemarías por que en realidad no estuviese muerto y, si lo estaba, que subiese al cielo y viese a algunos de sus amigos. Igual con ellos estaba tranquilo en el bar sin estar pendiente de mí, o sin estar pendiente de nadie. No sé por qué a veces pensaba que era un capullo. No lo era. Cuando yo pensaba que era un capullo era porque no entendía lo que hacía. Ahora creo que lo sé, o por lo menos tengo una teoría. De la misma manera que nunca iba a buscarme a los sitios, sino que me obligaba a caminar en su dirección mientras él lo hacía en la mía para así vernos en un punto intermedio, ahora creo que su forma de educarme era exigirme que llegase, desde los diez años que tenía entonces, hasta los quince que tengo ahora, una edad a la que él pudiese llegar desde los cuarenta. Quizá hoy me mataría de risa que me despertase a gritos entrando en la habitación en mitad de la noche. O quizá mi enfado tuviese mucha más gracia que la primera vez que lo hizo, cuando tenía siete años y me puse a llorar y a hacerme pis en la cama las semanas siguientes. No lo sé. Pero era un padre «con rollo», como decía mamá. Mamá se lo decía siempre cuando acababa las broncas: «Si no tuvieses rollo», le decía. Nada que ver con los padres de los niños de mi clase. Quizá a lo mejor Armando, en pijama toda la mañana haciendo pausas, sí tenía algo de rollo; Armando al menos prometía.
Pero mi padre era mejor. Un día cogió el radiocasete, lo puso encima de la mesa de la cocina mientras comíamos Rebe y yo y le dio a grabar. Entonces le preguntó a mi hermana:
—¿A quién quieres más, a mamá o a papá?
Mi hermana se hinchó como un globo para darle en las narices:
—¡A mamá mil veces! —mintió.
—¿Y a quién quieres más, a Míster Tamburino o a papá?
—¡A papá un millón de veces!
Después papá se fue a su habitación, allí editó la cinta y cuando llegó mamá del trabajo le dijo: «Mira qué conversación tan interesante tuve hoy con Rebe». Nos llamó a la cocina y allí le dio al play.
—¿A quién quieres más, a mamá o a papá?
—¡A papá un millón de veces!
Mi padre siempre había querido trabajar en un periódico. Una vez le pregunté de qué le gustaría trabajar y me respondió que de decirle a la gente lo que era verdad y lo que no. Casi me pongo a llorar y a hacerme pis en la cama los días siguientes.
Empecé a quedarme dormido en el piso de Armando mientras escuchaba los pasos de mi hermana de un lado a otro de la casa. Cuando me desperté tenía enfrente la cara de una niña; una cara blanca llena de pecas, los ojos verdes, pero no verdes como los de las actrices sino como los de los gatos, con muchas terminaciones de colores grisáceos. A mí no me gustó mucho el color de sus ojos. La niña me estaba moviendo el cuerpo como si yo fuese una barca. Entonces entendí que me había despertado ella.
En lo primero que pensé fue en que había perdido la clase del primer día. A mí me tocaba hacer otra vez quinto de EGB y Rebe empezaba octavo; yo había repetido un curso porque había nacido a finales de noviembre y notaba mucho la diferencia con los demás, según mamá. En cualquier caso a mí me costaba un montón estudiar y hacer los deberes, y empecé a pensar que a lo mejor se debía a que los deberes eran para niños nacidos en otros meses. El curso anterior, en el recreo, dos niños se habían metido conmigo por suspender varias en el segundo trimestre y Rebe, que nunca me quitaba ojo, fue allí a decirles que lo que pasaba es que era «superdotado». No sé dónde oí esa majadería, pero me hizo muchísima gracia, y a los que se metían conmigo aún más. También es verdad que si me hubiera quedado para siempre en quinto de EGB, teniendo en cuenta lo que pasó después, habría demostrado ser más listo que nadie en el mundo.
—¿Quién está en mi cama? —preguntó la niña por segunda vez.
—Yo, perdona.
—No, a ver. En mi cama, en la habitaci� ...

No os lo perdáis.

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viernes, 3 de abril de 2020

3º de ESO. Soneto de Quevedo.



Otro de los grandes poetas del Barroco es Francisco de Quevedo y Villegas. Uno de sus sonetos más conocidos es el que te pongo a continuación, para comprenderlo mejor, infórmate sobre las figuras mitológicas nombradas en el soneto y que te remarco en negrilla.
En crespa tempestad del oro undoso
nada golfos de luz ardiente y pura
mi corazón, sediento de hermosura,
si el cabello deslazas generoso. 

Leandro en mar de fuego proceloso
su amor ostenta, su vivir apura;
Ícaro en senda de oro mal segura
arde sus alas por morir glorioso.
Con pretensión de fénix encendidas
sus esperanzas, que difuntas lloro,
intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,
el castigo y la hambre imita a Midas,
Tántalo en fugitiva fuente de oro.

viernes, 27 de marzo de 2020

Resultado votación libro de lectura. 3º de ESO

Malaherba.
EL CORREDOR DEL LABERINTO
Maus.
Los surcos del Azar.
Jairo.
Malena .
Lara.
Rebeca.
David Tarrio.
Daniel.
Alejandra,
Sergio.
Andrea.
Victoria.
Elba
Lola Ríos
Nerea.
Lola Gómez,



Por lo tanto:

Contadme, mediante un breve texto expositivo , si tenéis dificultades para conseguir el texto.

Preguntas y respuestas.
Pregunta Andrea:
No, para que fuese pronombre tendría que sustituir a un sintagma nominal y no es el caso.
Se discute su carácter preposicional, como ves si tiene una función relacional.
Por el momento leerlo. Es para la tercera evaluación , a la vuelta de vacaciones.