https://www.abc.es/historia/abci-cinco-armas-mas-letales-sheriffs-y-odiosos-forajidos-lejano-oeste-202009072320_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F
La frontera –el territorio conocido y en el que vivían los estadounidenses- se hallaba en 1845 a la altura de Montana. Oklahoma y Luisiana, lo que aún dejaba un buen pellizco del país por anexionar. En principio, no se dio mayor importancia a este territorio, pero la superpoblación de las ciudades y la falta de trabajo provocaron que esta región se viera con otros ojos.
A la conquista de este inexplorado territorio partieron cientos de peregrinos que, muertos de hambre en sus hogares, poco tenían que perder,incluyó a emigrantes de Europa, Oriente o México y, menos de una década después, también a unidades militares con órdenes de proteger a los viajeros y expulsar de sus tierras a los nativos a golpe de fusil y revólver. Y así nacieron también los pueblos fronterizos y mineros (estos últimos, favorecidos por la fiebre del oro de 1848), los ranchos, los fuertes y, en definitiva, todos aquellos emplazamientos que los largometrajes han retratado una y otra vez.

Sobre estos pilares no cuesta entender por qué se generalizaron las armas entre colonos y militares. Según explica Gregorio Doval en su «Breve historia del salvaje oeste», a la obligación de protegerse de los nativos americanos se sumó pronto la necesidad de salvaguardar las riquezas frente a los cientos de «cuatreros, timadores, rufianes, buscavidas y ladrones» que existían. Sujetos cuyo único medio de subsistencia era el latrocinio y que, en muchos casos, se habían dado a la mala vida tras fracasar en su búsqueda de oro. Entre sus objetivos predilectos se halló el sudoeste, cuyos habitantes se dedicaron de forma masiva a la cría de ganado para alimentar a los nuevos pueblos que emergían como setas.
En palabras de Doval, uno de los territorios más peligrosos tras la Guerra de Secesión (acaecida entre 1861 y 1865) fue Texas. «La renovación de muchos funcionarios locales, que habían sido fieles a la Confederación, y la imposición de la ley militar generaron un gran resentimiento y muchos pensaron en resarcirse tomándose la justicia por sus propias manos», desvela en su obra. Sus ciudades y pueblos se transformaron pronto en el perfecto caldo de cultivo para aquellos que ansiaban vivir al margen de la ley, huir de ella o contravenirla. Y qué mejor para lograr sus objetivos que valerse de armas como los revólvers o las escopetas.
Por último, la rápida colonización de regiones tan extensas como Kansas, Nevada, Colorado, Montana, Idaho o Wyoming, a las que tardaron en arribar los agentes de la justicia, motivó también el uso masivo de armas. «Esta situación, obviamente, era muy favorable para que la delincuencia floreciese en tierras que se habían convertido en el paraíso de la impunidad para ladrones, atracadores y asesinos», completa el autor español. Para los residentes en estas zonas, los Colt y los Winchester se transformaron en herramientas tan básicas como los picos y el lazo.
Entre las armas más famosas del Lejano Oeste se hallaba Colt. Aunque no en sus momentos iniciales. Ejemplo de ello es que su fundador, Samuel, se vio obligado a cerrar su fábrica después de dar a conocer el que fue su primer prototipo, el Colt Paterson, en 1836. De nada le valió por entonces que la suya fuera la primera «pistola giratoria» efectiva de la historia. Por suerte para él, el arma se convirtió a toda velocidad en la más utilizada a lo largo y ancho del «far west» gracias a su bajo coste, su resistencia y su gran potencia de fuego. Por si fuera poco, los míticos Rangers de Texas terminaron de forjar su leyenda cuando reprimieron con ella a los comanches en 1841.
Entre sus usuarios más destacados se hallaron los hermanos Dalton o el mismo Wyat Earp. Y no es para menos, pues era bastante barata para la época (apenas 17 dólares) y ligera (unas tres libras, menos de kilo y medio). Además de las ingentes ventas, el que fue un arma adorada por los «cowboys» queda patente en la infinidad de modelos de este revólver que Colt sacó al mercado. Por ejemplo, uno que disparaba balas del calibre .45 (el primero), otro de cañón corto o, a la postre, uno de calibre .44-40 (ideal para los pistoleros que portaban el rife Winchester 1873, pues usaba la misma munición). A su vez, se hizo famoso entre los sheriffs porque era lo bastante resistente como para golpear en la cara con su cañón a los forajidos sin sufrir desperfectos.
En lo que se refiere a distancias largas, el arma más famosa del Lejano Oeste fue el rifle de palanca manual Winchester 1873 de calibre .40-44. Con más de medio millón de unidades fabricadas, esta arma se convirtió en la favorita de los vaqueros, agentes y forajidos occidentales gracias a su alta cadencia de disparo (una bala cada tres segundos, algo portentoso para la época), a su facilidad de uso, a su resistencia, a que era sumamente sencilla de limpiar y a que sus reducidas dimensiones hacían que fuese idónea para portarla a caballo. Sus usuarios más famosos fueron Patt Garret, el forajido Butch Cassidy o el presidente Teddy Roosevelt.
La potencia de fuego en el Salvaje Oeste la aportaban las escopetas de doble cañón de ánima lisa. Expertos en la época como el editor de la revista «True West», Phil Spangenberger, confirman que, en los primeros meses de la conquista, este tipo de armas eran las elegidas por los colonos. Fiables y muy baratas (se habla de hasta dos dólares si se compraban varias unidades) eran versátiles y fáciles de mantener. Su mayor tara era que había que recargarlas con mucha frecuencia; fallo que Winchester superó en la primavera de 1888 cuando diseñó la primera escopeta de repetición que tuvo éxito entre sus clientes. Disponible en dos calibres, este modelo fue el utilizado por Jeff Milton para acabar con uno de los últimos ladrones de trenes del «far west», Jack Dunlop.
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