Había una vez una mujer feliz que vivía en un palacio, donde le proporcionaban las herramientas y los motivos para escribir. La princesa la amaba, casi todos la admiraban y, de noche, la visitaba un amante. Ella intentó captar en su escritura este destino afortunado.
Sei Shônagon (quien vivió aproximadamente entre 966 y 1020), tal vez sin proponérselo, compuso, a través de fragmentos dispersos, El libro de la almohada. Como muchos libros clásicos, pasó por muchas manos y sufrió añadidos, omisiones y cambios.
Junto con Murasaki Shikibu –la autora de La historia de Genji–, Sei Shônagon es la figura de mayor peso durante la época Heian (794-1192). Éste fue un periodo extraordinario, pues en él se dieron condiciones especiales que hicieron posible que las mujeres pertenecientes al ámbito de la corte gozaran de una libertad inusual, gracias a la cual participaban activamente en la vida social y cultural.
Aun el hecho discriminatorio de que no se les permitiera aprender los ideogramas chinos, favoreció que practicaran una escritura silábica –mucho más fácil y menos prestigiosa– con la que se desembarazaron del peso de la tradición china y desarrollaron una literatura nueva y fresca que, con el tiempo, se convertiría en clásica.
Shônagon era una de las damas de la emperatriz. Toda su atención giraba en torno a los matices y rituales que imponía ese ambiente. Asombra la cantidad de veces que menciona los colores de las telas de los trajes –casi siempre derivados del rojo: granate, ciruelo, púrpura, violeta–. Los observa con deleite, juzga, saborea los contrastes. Su escritura está hecha de sensaciones, visuales la mayoría, pero también auditivas, táctiles, olfativas. Sus ojos buscan el encuadre que provoque el placer de la mirada. Atenta a los cambios de luz, del clima, del viento; al brote de las flores, a la caída de las hojas. Su espíritu se expande en un mundo donde la poesía era una actividad cotidiana, obligada. Allí, la capacidad de recordar versos famosos formaba parte del ingenio de los diálogos cortesanos (y hasta un plebeyo podía pasar en su caballo recitando un poema); los amantes que se separaban en la noche se mandaban poemas al amanecer. Una de las diversiones consistía en construir montañas de nieve y apostar cuántos días tardaría en derretirse, o en organizar una excursión para escuchar el canto del hototogisu (el lugar indicado es un puente detrás del templo de Kamo). En ese mundo, la gente se abrumaba si las flores de un ciruelo desaparecían (e ir a robarlas era una broma audaz). Para ella, la textura y el color del papel, la caligrafía, el tintero, el pincel, eran tan importantes como lo que se escribía. Vivía, en fin, imbuida del espíritu aristocrático y ceremonial de la corte.
Este libro está hecho con las impresiones que ese ambiente dejó. Esta construido en base a fragmentos que lo mismo narran un episodio curioso, la belleza de una escena o una serie de objetos o situaciones que forman las listas más extravagantes: cosas molestas, odiosas, elegantes, que mejoran al ser pintadas, desagradables de ver, que caen del cielo, etcétera.
Al final, la autora declara haber escrito para sí misma en esas hojas que guardaba bajo la almohada: “Un día, el Ministro del Centro entregó a la Emperatriz una pila de cuadernos. La Emperatriz me preguntó: ‘¿Qué se podrá escribir en ellos? El Emperador ya está redactando los Anales de la Historia’. Entonces yo le contesté: ‘Si fueran míos, los usaría como almohada’. La Emperatriz me dijo: ‘Entonces, quédatelos’, y me los dio”.
Asombra creer que de esos cuadernos sobrantes haya nacido tan bella obra, pero la casualidad, constantemente, nos da muestras de estas rarezas.
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