Caballeros 1

martes, 17 de octubre de 2017

La novela de la generación del 98

 La crisis del 98 El último tercio del siglo XIX es una época de estancamiento político en España. El país, atrasado por la corrupción y la desidia, vivía inmerso en la pobreza y el atraso tecnológico y científico. Los constantes golpes de estado militares del siglo XIX, las guerras carlistas, el intervencionismo político de los reyes y la pactada alternancia de partidos políticos provocaron una crisis institucional gravísima que marcó todo el inicio del siglo XX. A todo ello, se sumó la llamada “crisis del año 98”. Los EE UU, interesados en las últimas posesiones coloniales hispanas (Puerto Rico, Cuba y Filipinas) declararon la guerra a España. El entusiasmo público por la guerra, dirigido por la prensa conservadora, sufrió un tremendo varapalo tras la derrota humillante de la flota española. El fracaso militar ante la potencia americana y la pérdida de las colonias aumentó la sensación de crisis. Este es el instante en que los intelectuales, periodistas y escritores deciden reaccionar ante la sensación de atraso y frustración. La “generación del 98” es el nombre que recibieron los escritores e intelectuales que, en aquellos años, asumieron como principal preocupación la regeneración política y social de España.

Características generales de la “generación del 98"  Los autores del 98 (filósofos, poetas, novelistas, periodistas, políticos) dedicaron toda su atención a los problemas de España, desarrollando una importante labor de reforma y crítica de la sociedad. Cada escritor tuvo sus propias preocupaciones, pero podemos señalar algunos aspectos comunes en las obras literarias de todos ellos: El tratamiento del tema de España: todos los escritores del 98 buscan la esencia y el sentido de lo que históricamente significan España y lo español. Asuntos como la vertebración del país o la integración de los “regionalismos” se vuelven fundamentales (muchos hombres del 98 no son castellanos sino catalanes, andaluces, vascos o gallegos).  La atención al paisaje de Castilla y a sus habitantes: el paisaje desnudo y desierto de la meseta castellana y su “paisanaje” se utilizan indistintamente como un símbolo del atraso nacional, de lo retrógrado y de lo tradicional, pero también de la fortaleza y de la espiritualidad del pueblo llano. La visión subjetiva de la realidad: Unamuno insistía en la necesidad de encontrar una verdad íntima, subjetiva, en la realidad. Los autores del 98 combinan sus deseos de reforma con un deseo de profundizar en las preocupaciones más hondas del hombre: la angustia, el dolor, la vida como lucha y supervivencia son conceptos que se repiten en las obras de estos autores. Estas ideas están muy relacionadas con ciertos filósofos admirados por todos ellos (Schopenhauer y Nietzsche, principalmente).  El rechazo del lenguaje poético modernista: frente al estilo modernista, artificial y recargado, los hombres del 98 buscan un lenguaje literario más seco y tradicional (no descuidado ni desaliñado). Modernización de la técnica narrativa: los narradores del 98 avanzan en la innovación de las técnicas narrativas, alejándose de la típica narración realista/naturalista (omnisciencia, diálogos, descripciones de ambiente).
 Novelistas de la generación del 98
I. Miguel de Unamuno (1864-1936): la “nivola”


Unamuno fue filósofo existencialista y vitalista. Cuatro ideas constituyen el eje de su narrativa y de su obra ensayística:  La vida concebida como tragedia y sufrimiento (tomada de la filosofía de Schopenhauer y de Kierkegaard).  La imposibilidad de conjugar la fe religiosa con el mundo. Unamuno creía íntimamente en la necesidad de poseer una fe religiosa firme, y esto a pesar de la conciencia de que la fe contravenía cualquier interpretación racional del mundo.  La idea de que, frente a los grandes acontecimientos históricos que figuran en los libros, la “auténtica” historia se oculta en realidad dentro de la vida cotidiana de los hombres anónimos (lo que Unamuno llama la intrahistoria de un pueblo).  El intento de definir el “alma” española a través de sus tradiciones, su paisaje y sus gentes.
 Para expresar su pensamiento Unamuno creó una forma narrativa propia a la que él mismo dio el nombre de “nivola”. Las “nivolas” son novelas que renuncian a la narración tradicional. Para Unamuno, lo fundamental es el análisis del interior del individuo (su pensamiento, expresión de su angustia y dolor vital), por eso sus “nivolas” se centran en el análisis de un personaje. Este personaje suele ser expresión de una idea, que se desarrolla en la novela de forma paradójica. Sus principales obras son: San Manuel Bueno mártir (sobre un sacerdote considerado santo por todo el mundo, pero que en realidad carece de fe), Niebla (sobre un hombre que desconfía de su propia existencia hasta que descubre que es sólo el personaje de una novela de Miguel de Unamuno), Abel Sánchez (sobre el tema de la envidia), La tía Tula (sobre el sentimiento de maternidad), Amor y pedagogía (sobre la preferencia entre una educación racional o emocional).
 Unamuno fue también un importante ensayista que reflexionó sobre la esencia de España en obras como En torno al casticismo o la Vida de Don Quijote y Sancho, en la que interpreta a los personajes de la gran novela de Cervantes como símbolos eternos del temperamento nacional.

 II. Pío Baroja (1872-1956): la novela de acción El objetivo fundamental de su narrativa es el de expresar los problemas del individuo a partir de sus acciones. Sus novelas se caracterizan por tres rasgos: Se centran en la narración de los hechos de un personaje.  Presentan abundancia de diálogos para caracterizar a los personajes.  La acción se combina con descripciones precisas y enormemente poéticas, a modo de remansos líricos.  intervenciones del autor en la narración
 Baroja , en sus novelas,interviene para comentar la acción desde su propio punto de vista, rompiendo la dinámica narrativa (se podría decir que la narración adopta forma de ensayo). En ocasiones, podemos encontrarnos con un extenso discurso de filosofía o con un ensayo sobre cualquier tema en medio de un capítulo. Baroja escribió más de cien novelas, con frecuencia agrupándolas en trilogías. Estas trilogías suelen centrarse en distintos temas:  Madrid y sus ambientes y clases sociales en la trilogía de La lucha por la vida (La busca, Mala hierba, Aurora Roja). El País Vasco y sus costumbres marítimas (trilogía Tierra vasca)Las ciudades europeas (trilogía de Las ciudades). La historia española del siglo XIX, el Carlismo (conjunto de novelas de Las memorias de un hombre de acción). La angustia ante la existencia (El árbol de la ciencia).

III. Juan Martínez Ruiz “Azorín” (1874-1967): la novela impresionista Azorín es un novelista de estilo lírico. Sus novelas prestan gran atención a las descripciones para expresar a partir de ellas el estado de ánimo de sus personajes. Sus ideas se vieron muy influidas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y el problema de la voluntad: según su opinión, la creatividad, la energía vital de los individuos o de los pueblos se deben a su voluntad de persisitir. El problema de España es explicado por Azorín como carencia de esa “voluntad”. Algunas de sus obras: Azorín, La voluntad. Don Juan, Doña Inés.

Son muy conocidas las reglas de estilo del autor
 1/ Poner una cosa detrás de otra y no mirar a los lados.

2/ No entretenerse.

3/ Si un sustantivo necesita de un adjetivo, no cargarle con dos.

4/ El mayor enemigo del estilo es la lentitud.

5/ Nuestra mayor amiga es la elipsis.

6/ Dos cualidades esenciales tienen los vocablos; una de ellas es el color, el color hace referencia a su novedad o a su ranciedad, a su condición de populares o cultos, de propios e impropios, puros e impuros, castizos o extranjerados. nNda de todo esto forma el estilo, cuya esencia está en algo mucho más profundo.

7/ La otra cualidad de los vocablos es el movimiento. El estilo es el movimiento. Y el movimiento lo da la colocación de los vocablos, la construcción. El movimiento es la vida. No hay vida sin movimiento. Lo que interesa es llegar con la mayor rapidez al final. Y en esta rapidez consiste el movimiento

Romances de malmaridada.

http://rodin.uca.es/xmlui/bitstream/handle/10498/10099/18488596.pdf?sequence=1

martes, 10 de octubre de 2017

Cuento XXVII – El conde LucanoR.

Lo que sucedió con sus mujeres a un emperador y a Álvar Fáñez Minaya

Un día hablaba el Conde Lucanor con su consejero Patronio y le dijo:
-Patronio, tengo dos hermanos casados que viven su matrimonio de manera muy distinta, pues uno ama tanto a su esposa que apenas podemos lograr que se aparte de ella un solo día y no hace sino lo que ella quiere y, aun antes, se lo consulta. Del otro, sin embargo, os diré que nadie puede lograr que vea a su mujer ni que entre en la casa donde vive. Como estoy muy preocupado por el comportamiento de los dos, os ruego que me digáis la forma de poner fin a esta situación tan extremosa.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, por lo que me decís, vuestros dos hermanos están muy equivocados, pues ni uno debería demostrar tanto amor a su esposa ni el otro tanta indiferencia. Probablemente su error depende del carácter de sus mujeres y así querría contaros lo que sucedió al emperador Federico y a Álvar Fáñez Minaya con sus esposas.
El conde le preguntó lo que había ocurrido.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, os contaré primero lo que sucedió al emperador Federico, y después lo que ocurrió a don Álvar Fáñez, porque son dos historias distintas y no pueden mezclarse.
»El emperador Federico casó, según su rango, con una doncella de alto linaje; pero no era feliz, pues antes de casarse no se había enterado de su mal genio. Después del matrimonio, y aunque ella era buena y honrada, comenzó a mostrar el carácter más rebelde y más díscolo que pueda imaginarse: si el emperador quería comer, ella ayunar; si el emperador quería dormir, ella levantarse; si el emperador le tomaba afecto a alguien, ella le demostraba antipatía. ¿Qué más os diré? Cuanto le agradaba al emperador, le desagradaba a ella. En fin, hacía todo lo contrario de su marido.
»El emperador soportó aquella vida algún tiempo, pero, viendo que de ningún modo podría corregir a su esposa, ni con sus advertencias ni con las de otros, ni con amenazas, ni con ruegos o halagos, y viendo también la áspera vida que le esperaba y el daño que le traería a su reino la mala condición de la emperatriz, fue a ver al Papa, y le dijo lo que pasaba y el peligro en que se encontraban su pueblo y él por el pésimo carácter de su esposa la emperatriz. El emperador pidió al Papa que, si pudiese, anulara el matrimonio, aunque él sabía que era imposible según la ley de Dios, pero tampoco podían vivir juntos por el carácter áspero de la emperatriz.
»Como no encontraba otro remedio, el Papa le dijo al emperador que encomendaba la solución a su buen entendimiento, porque no podía dar la penitencia antes del pecado.
»El emperador se despidió del Papa, se volvió a su casa, e intentó corregir a la emperatriz con halagos, amenazas, advertencias y con cuantas maneras parecieron bien a él y a todos los suyos, sin que nada diera resultado, pues, cuanto más le insistían para que cambiase tanto, más áspera y desabrida se mostraba ella.
»Cuando vio el Emperador que no podía alterar la condición de su esposa, le dijo un día que quería ir a cazar ciervos y que se llevaría un poco de la hierba con que envenenan las flechas para matarlos, dejando el resto en la casa para otra cacería. También le dijo que por nada del mundo se pusiese aquellas hierbas sobre sarna, pústula o herida que sangrase, porque era tan fuerte su veneno que no había nadie a quien aquellas hierbas no provocasen la muerte. El emperador tomó otro ungüento muy bueno y muy eficaz para las llagas y, delante de ella, se lo aplicó en aquellas partes del cuerpo que no estaban sanas; ella y cuantos allí estaban vieron que en seguida quedaba curado. Le dijo después a su esposa, en presencia de numerosos cortesanos y de otras personas, que se diese de aquel ungüento en cualquier llaga que tuviera. Y dicho esto, tomó la hierba que necesitaba para envenenar las flechas y se fue a cazar ciervos.
»Cuando el emperador hubo partido, se puso la emperatriz colérica y comenzó a decir:
»-¡Ved lo que me dice ahora el falso del emperador! Como sabe que mi sarna no es como la suya, me dice que me aplique el ungüento que se ha dado él, porque así yo no podré sanar; pero del otro ungüento, que es el más indicado para mí, me dice que no debo darme. Mas, por darle pesar, yo me untaré con él y, cuando vuelva, me encontrará sana. Estoy segura de que nada le molestará más; por eso lo haré.
»Los caballeros y las damas que la acompañaban le rogaron y suplicaron con lágrimas en los ojos que no lo hiciese y le decían que tuviese por cierto que moriría si se aplicaba aquellas hierbas.
»A pesar de sus ruegos, no lo quiso hacer: tomó las hierbas y se dio con ellas en las llagas. Y al poco tiempo le aparecieron los primeros síntomas de muerte. Si ella hubiera podido, se habría arrepentido de lo que había hecho, pero ya no le quedaba tiempo. Así murió, por su carácter díscolo y rebelde.
»Mas a don Álvar Fáñez le sucedió lo contrario, y así os contaré lo que le ocurrió.
»Era don Álvar Fáñez un caballero muy justo y muy honrado, fundador de la villa de Íscar, y un día fue a ver al conde don Pedro Ansúrez, que vivía en Cuéllar con sus tres hijas. Después de haber comido, le preguntó el conde a Álvar Fáñez a qué se debía la sorpresa y el placer de su visita. Álvar Fáñez le contestó que venía para pedirle a una de sus hijas en matrimonio, pero antes quería hablar con ellas, conocerlas y elegir a la que más le gustara. Viendo el conde que Dios le favorecía con este casamiento, le dijo que tendría mucho gusto con que todo se hiciera así.
»Don Álvar Fáñez se quedó a solas con la hija mayor y le dijo que, si ella aceptaba, le gustaría tomarla por esposa, pero antes debía saber algunas cosas muy importantes sobre su vida. Lo primero, que él ya no era joven y que, por las muchas heridas sufridas en las batallas en que había luchado, tenía tan débil la cabeza que, por muy poco vino que bebiese, perdía el juicio y se ponía tan violento que no sabía lo que decía, habiendo llegado incluso a maltratar a algunas personas con tanta furia que, al volver en sí, se arrepentía de haberlo hecho. También debería saber que, cuando estaba dormido, no podía controlar en la cama sus necesidades. Y tantas cosas como estas le dijo que ninguna mujer, aunque no fuera muy inteligente, podría sentirse bien casada con él.
»Cuando le oyó decir esto, la hija del conde le contestó que el casamiento no dependía de ella sino de sus padres. Después se alejó de don Álvar Fáñez y volvió junto a su padre. Este y su madre le preguntaron qué deseaba hacer y, como la hija no comprendió bien la prueba a que la sometió don Álvar Fáñez, les contestó que prefería la muerte a casarse con él, por las cosas que le había dicho.
»El conde no quiso referírselo así a don Álvar Fáñez, sino que le respondió que su hija aún no deseaba contraer matrimonio.
»Don Álvar Fáñez habló, después de esto, con la hija mediana. Y ocurrió con ella como con la mayor. Después habló con la tercera, a la que dijo las mismas cosas que a sus hermanas.
»Ella respondió a don Álvar Fáñez que daba gracias a Dios por este casamiento; también le dijo que, si el vino le sentaba mal, ella lo encubriría de las gentes y nadie lo notaría; y también le dijo que, aunque él se sintiera viejo, no por ello renunciaría a la felicidad y al honor de ser su esposa; y sobre lo que dijo de su mal carácter y de sus golpes a las personas, le contestó que no debía preocuparse, porque ella no le daría motivo y, si alguna vez la maltrataba, lo llevaría con resignación.
»Y a todas las cosas que don Álvar Fáñez le dijo, le supo responder tan bien que el caballero quedó muy contento y dio gracias a Dios por haber encontrado una mujer tan inteligente. Después le dijo al conde don Pedro que quería casarse con la más pequeña de sus hijas. Al conde le agradó mucho este matrimonio y pronto celebraron las bodas. Luego don Álvar Fáñez partió hacia sus tierras con su mujer, que se llamaba doña Vascuñana.
»Llegados a casa de Álvar Fáñez, ella fue tan buena esposa y tan inteligente que su marido se juzgó por bien casado y ordenó que todos hicieran cuanto ella mandara. Esto lo hacía él por dos razones: la primera, porque Dios la había hecho tan buena, tan amante de su esposo y tan respetuosa con sus decisiones que, cuanto hacía y decía don Álvar Fáñez, le parecía a ella que era verdaderamente lo más acertado; y tanto le agradaba a ella cuanto su marido hacía y decía que jamás lo contrarió en algo que fuera de su gusto. No penséis que hacía esto por halagarlo o lisonjearlo, sino porque verdaderamente creía y sentía que todo lo que don Álvar Fáñez quería, hacía o decía no podía ser mejorado ni entrañaba ningún error. Primero por esto, y en segundo lugar porque ella demostraba siempre tan buen juicio y tomaba decisiones tan acertadas, la amaba y honraba don Álvar Fáñez, que se dejaba guiar por sus recomendaciones, pues siempre le aconsejaba y buscaba lo que favorecía la honra y provecho del conde, su esposo. Nunca pidió a su marido que hiciese algo para darle gusto a ella, sino sólo aquello que le fuera conveniente y provechoso como caballero.
»Sucedió que una vez, estando en su casa don Álvar Fáñez, lo visitó un sobrino suyo, que vivía en palacio con el rey, y su visita le agradó mucho. Pasados unos días, le dijo su sobrino que era persona de buenas condiciones, pero que le hallaba un defecto. Don Álvar Fáñez le preguntó cuál era. El sobrino le contestó que su único defecto era hacer mucho caso a su mujer y entregarle a ella el cuidado de todos sus bienes y tierras. Don Álvar Fáñez le dijo que de allí a pocos días le daría una respuesta adecuada.
»Y sin decir nada de esta conversación a su mujer, Álvar Fáñez partió a caballo hacia otras tierras y estuvo allí algunos días, acompañado por su sobrino. Después mandó venir a doña Vascuñana, saliendo su esposo a recibirla a mitad del camino, aunque no hablaron entre sí ni tampoco tuvieron tiempo para ello.
»Álvar Fáñez y su sobrino iban delante, y doña Vascuñana detrás. Fueron cabalgando así y, al rato, Álvar Fáñez y su sobrino vieron gran cantidad de vacas. Y dijo don Álvar Fáñez:
»-¿Has visto, sobrino, qué yeguas tan hermosas hay en estas tierras?
»Al oír esto, su sobrino quedó muy sorprendido y pensó que su tío se lo decía en broma; no obstante, le preguntó por qué decía que eran yeguas si bien se veía que eran vacas.
»Entonces Álvar Fáñez se asombró mucho y dijo a su sobrino que pensaba que había perdido el juicio, pues estaba muy claro que aquellas eran yeguas.
»Cuando el sobrino vio cómo su tío lo afamaba una y otra vez, con absoluta seriedad, quedó aterrorizado y pensó que sin duda se había vuelto loco.
»Don Álvar Fáñez siguió manteniendo sus afirmaciones, hasta que llegó doña Vascuñana, que venía tras ellos. Al verla, don Álvar Fáñez, le dijo a su sobrino:
»-Mirad, sobrino mío, por ahí viene mi esposa, que dirimirá esta discusión.
»Al sobrino le pareció esto muy bien, por lo que, al llegar su tía, le dijo:
»-Señora, mi tío y yo estamos discutiendo, pues él dice que estas vacas son yeguas, pero yo digo que son vacas; y tanto hemos porfiado que él me toma por loco, aunque yo creo que él ha perdido el juicio. Por favor, señora, juzgad quién dice la verdad.
»Cuando doña Vascuñana oyó decir esto a su sobrino, aunque a ella también le parecían vacas, pensó que, si su marido decía que eran yeguas, no podía estar equivocado y, por tanto, tenían que ser yeguas, aunque todos afamaran lo contrario. Por eso dijo a su sobrino y a todos los presentes:
»-¡Por Dios, sobrino, cuánto siento lo que decís! Pero esperaba de vos, que tanto tiempo habéis vivido en palacio, mayor cordura y sentido común, pues demostráis falta de juicio e incluso de vista si confundís yeguas con vacas.
»Luego doña Vascuñana le comenzó a demostrar que, por la forma, el color y otros muchos detalles, eran yeguas y no vacas, y que su tío no podía estar equivocado ni de palabra ni de pensamiento; y, así, era cierto lo que decía. Tanto lo aseguró ella, que su sobrino y los presentes comenzaron a pensar que eran ellos los confundidos y que las vacas eran yeguas, según decía don Álvar Fáñez. Ocurrido esto, sobrino y tío siguieron camino adelante y vieron gran cantidad de yeguas. Entonces dijo don Álvar Fáñez a su sobrino:
»-¡Ajá, sobrino! Estas son las vacas y no las que vos decíais antes, que eran yeguas.
»Cuando el sobrino lo oyó, dijo a su tío:
»-¡Por Dios, tío! Si vos estáis en lo cierto, el diablo me ha traído a mí a estas tierras; porque si de verdad son vacas, yo habré perdido el juicio, pues estas serían yeguas en cualquier lugar del mundo.
»Y don Álvar Fáñez comenzó a porfiar que eran vacas. Así estuvieron hasta que llegó doña Vascuñana, a la que contaron lo que afirmaban su marido y el sobrino. Aunque a ella le parecía que el sobrino tenía razón, en ningún momento pensó que su marido estuviera equivocado ni que pudiera ser verdad otra cosa distinta a la que él afirmaba. Por ello comenzó a buscar argumentos para demostrar que era verdad lo que afamaba su marido, y encontró tantos y tan concluyentes que su sobrino y los que allí estaban pensaron que su razón y sus ojos les hacían confundirse y que estaba en lo cierto don Álvar Fáñez. Así pasó por esta vez.
»Tío y sobrino siguieron caminando hasta llegar a un río donde había muchos molinos. Mientras los caballos bebían, comenzó a decir don Álvar Fáñez que las aguas de aquel río corrían hacia su nacimiento y que aquellos molinos recibían el agua en sentido contrario.
»El sobrino de Álvar Fáñez se tuvo por loco cuando le oyó decir esto, porque pensó que, si ya se había confundido con las vacas y las yeguas, también lo estaría ahora al pensar que el río discurría en sentido contrario al que decía su tío. Así estuvieron porfiando hasta que llegó doña Vascuñana. Cuando le contaron la discusión que tío y sobrino mantenían, aunque a ella le parecía verdad la opinión del sobrino, no se dejó llevar de su propio juicio y pensó que era verdad lo que decía su marido. Y buscó tantas y tan buenas razones con que apoyarlo que el sobrino y todos los acompañantes creyeron que aquella era la única verdad.
»Y desde aquel día quedó como refrán que, si el marido dice que el río corre aguas arriba, la buena esposa así lo debe creer y decir que es verdad.
»Cuando el sobrino vio que con los argumentos de doña Vascuñana se demostraba la veracidad de cuanto decía don Álvar Fáñez y que él estaba equivocado al no distinguir unas cosas de otras, sintió pena de sí mismo y pensó que había perdido el juicio.
»Después de caminar largo trecho por el camino, viendo don Álvar Fáñez a su sobrino muy preocupado y muy triste, le habló así:
»-Sobrino, ya os he dado respuesta a lo que me dijisteis el otro día sobre lo que todos consideraban un defecto en mí, por hacer siempre caso a mi mujer; tened por seguro que, cuanto hoy ha ocurrido, lo he preparado para que vieseis cómo es ella y que hago bien si me dejo llevar por sus consejos. También debo deciros que para mí las primeras vacas que vimos, de las que yo decía que eran yeguas, eran vacas como vos defendíais; y cuando doña Vascuñana llegó y os oyó decir que para mí eran yeguas, estoy seguro de que ella creía que vos decíais la verdad, pero, como confía tanto en mi recto juicio y piensa que nunca puedo estar confundido, pensó que ella y vos erais los equivocados. Y por eso buscó argumentos tan concluyentes que os convenció a vos y a todos los presentes de que yo estaba en lo cierto; eso mismo ocurrió con lo de las yeguas y lo del molino. Os aseguro que, desde el día de nuestra boda, nunca la vi hacer o decir algo en su propio provecho o deleite, sino sólo lo que yo quisiere; tampoco se ha enojado nunca por lo que yo hiciera. Y, para ella, cualquier cosa, que yo decida, siempre será lo mejor; además, cuanto debe hacer por su estado o porque yo se lo pido, lo hace muy bien, buscando siempre mi honra y provecho y queriendo que, de esta forma, todos sepan que yo soy el señor y como tal debo ser obedecido y honrado; no desea para sí ni fama ni premio por lo que hace, sino que todos sepan en qué puede servirme y mi agrado por cuanto ella hace. Creo que, si un moro del otro lado del mar hiciese esto por mí, yo lo debería amar, estimar y seguir sus consejos; cuánto más a la mujer con quien estoy casado. Y ahora, sobrino, os he dado respuesta al reproche que el otro día me hicisteis.
»Al sobrino de Álvar Fáñez lo convencieron estas razones y comprendió que, si doña Vascuñana era de tan buen juicio y buena voluntad, hacía bien su tío amándola y confiando en ella y haciendo por ella cuanto hacía.
»Como veis, fueron muy distintas la mujer del emperador y la de Álvar Fáñez.
»Señor Conde Lucanor, si vuestros hermanos son tan distintos que uno hace cuanto su mujer quiere y el otro no la toma en consideración, ello se debe a que sus mujeres llevan la misma vida que llevaron la emperatriz y doña Vascuñana. Si sus esposas son así, no debéis asombraros ni culpar a vuestros hermanos; pero si no son ni tan buenas ni tan rebeldes como las dos de las que os he hablado, vuestros hermanos tendrán parte de culpa, porque, aunque ese hermano vuestro, que ama mucho a su mujer, hace bien en quererla, debemos pensar que esa estima tiene que limitarse a sus justos términos y no más. Pues si un hombre quiere estar siempre junto a su mujer y por ello deja de ir a los sitios o a los asuntos que le convengan, debéis pensar que está equivocado; pensad también que, si por complacerla o satisfacerla, el marido no cumple lo que pertenece a su clase o a su honra, también está muy equivocado. Pero, exceptuadas estas cosas, cuanta honra, estima y confianza demuestre el marido a su mujer, le están permitidas y así deberá tratarla. También os digo que el esposo, en asuntos de poca importancia, debe evitarle disgustos o contrariedades a su mujer y, sobre todo, no debe inducirla al pecado, pues de él nacen muchos males: primero, por la propia maldad del pecado y, segundo, porque, para desenojarla y complacerla, el marido habrá de hacer cosas perjudiciales para su fama y hacienda. Pero al que por su mala suerte tuviere una mujer tan rebelde como la emperatriz, pues al comienzo no supo o no pudo poner remedio, no le queda otra solución sino soportar su desgracia hasta que Dios quiera. Pero sabed que, para evitar lo uno y lograr lo otro, el marido, desde el primer día de matrimonio, debe hacerle ver a su mujer que él es el señor y cómo ha de comportarse ella.
»Pienso que vos, señor conde, siguiendo estas reflexiones, bien podéis aconsejar a vuestros hermanos de qué manera han de portarse con sus mujeres.
Al conde le agradó mucho lo que le dijo Patronio, pues le pareció que era verdad y muy razonable.
Como don Juan pensó que estos dos relatos eran muy buenos, los mandó poner en este libro y escribió los versos que dicen así:
Desde el comienzo debe el hombre enseñar
a su mujer cómo se ha deportar.
FIN
MÁS CUENTOS DE JUAN MANUEL


La Querella de las mujeres.

La querella de las mujeres, conocida especialmente por su expresión en francés: querelle des femmes es el nombre por el que se conoce al debate literario y académico que tuvo lugar a lo largo de varios siglos abarcando desde finales del siglo XIV, en la Europa medieval, hasta la revolución francesa en el siglo XVIII,n. 1​ que surge en defensa de la capacidad intelectual, el derecho de las mujeres al acceso a la universidad y la política de las mujeres frente a la misoginia. Se afirma que esta capacidad no es una cuestión de naturaleza sino social, de posibilidad de acceso al conocimiento. La querella se manifestó públicamente en tertulias y generó numerosos escritos en torno al valor, la diferencia y las relaciones entre ambos sexos. La primera mujer que interviene en este debate de manera pública es la escritora italiana afincada en Francia Christine de Pizan(1364-1430) que en 1405 escribe La ciudad de las damas1
En el siglo XV las mujeres por primera vez tomarán la palabra en el espacio público, algo que les estaba prohibido, para hacer defensa de sus capacidades. Antes de esta época, en el debate público sobre si la naturaleza de las mujeres las hacía inferiores o no a los varones, sólo era un debate masculino.
Heredera de la Querelle de femmes, durante la segunda mitad del siglo XIX en Reino UnidoEstados UnidosCanadá y Rusia se utilizó el término The woman question (la cuestión de las mujeres) en relación con el cambio social en la segunda mitad del siglo XIX que cuestionaba el papel de las mujeres. Los temas del sufragio femenino, los derechos reproductivos, la autonomía corporal, los derechos de propiedad, los derechos legales, los derechos médicos y el matrimonio dominaron las discusiones culturales en los periódicos y círculos intelectuales.
n España el movimiento llega unas décadas después de que inicia en Francia. Se inicia en ambientes cortesanos a través de la Corona de Aragón con una mayor presencia misógina. El punto de inflexión en la contestación llegará desde la corte de Juan II de Castilla y María de Aragón. La investigadora Ana Vargas Martínez considera que el siglo XV es el momento de la toma de conciencia por parte de las mujeres que viven en una sociedad patriarcal por lo que sufren numerosas limitaciones y señala que en la primera mitad del siglo las mujeres matrocinan, facilitan el que otros escritores varones contesten al debate.
Varios autores se posicionan con sus obras en defensa de las mujeres: Diego de ValeraDefensa de virtuosas mujeres en 1441, Juan Rodríguez de la CámaraTriunfo de las donas, hacia 1445, Álvaro de Luna con Virtuosas e claras mugeres, Pere TorroellaRazonamiento en defensión de las donas donde el autor se excusa por haber compuesto las famosas coplas de Maldezir de mugeres, Joan Roís de Corella con Triunf de les dones, Martín Alonso de Córdoba con el Jardín de nobles donzellas (1468-1469), dedicado a la infanta Isabel, futura reina de España, defendiendo sus derechos al trono con alegaciones de tipo feminista propias de un humanismo ya renacentista5
En la segunda mitad del siglo XV fueron significantes en el debate dos mujeres, ambas religiosas: Teresa de Cartagena e Isabel de Villena.1
Teresa de Cartagena escribió en la misma línea de defensa de la intelectualidad de las mujeres que Pizan. Esta religiosa de origen converso escribió primero La Arboleda de los Enfermos, una obra mística en la que expuso la angustia vivida por años de reclusión e incomunicación causada por su sordera. Dada su calidad literaria los hombres de su tiempo no creyeron que había sido escrita por una mujer. Ante las dudas hechas públicas Teresa lejos de amedrentarse decidió escribir un alegato en defensa de la capacidad intelectual de las mujeres: Admiración de las Obras de Dios.
También en la segunda mitad del siglo XV Isabel de Villena (1430-1490) escribe Vita Cristie, la vida de Jesús, utilizando en boca del mismo Jesús la defensa de las mujeres y explicando su vida a través de las mujeres que le rodearon.
En el siglo XVII María de Zayas en el terreno literario, a través de los personajes de sus novelas, denunció la subordinación del sexo femenino y presentó nuevos modelos de vida para las mujeres. Uno de los temas elegidos para la crítica es “el amor”, como conjunto de sentimientos y de relaciones en que las mujeres existen de formas subordinadas y dependientes; entre sus obras citaremos Desengaños amorosos, publicada en 1647.
En la primera mitad del siglo XVIII destaca el discurso de Benito Jerónico Feijoo que en Defensa de la mujer (1726) utiliza muchos argumentos que habían circulado públicamente en las polémicas de la querella de mujeres. También conoce a la filósofa de los Discursos de la Excelencia, Lucrezia Marinella,  (1571-1653) autora de Excelencia de las mujeres, cotejada con los defectos y vicios de los hombres aunque Feijó defiende la igualdad entre los sexos y no participa de las tesis de Marinella de la superioridad y excelencia de las mujeres.6
En la segunda mitad del siglo XVIII destaca la escritora Josefa Amar y Borbón con su firme convicción del poder de la educación y su comprensión del derecho natural, considerada una de las figuras más relevantes de la Ilustración española, comparada por Alicia Puleo con Anne-Thérèse de Marguenat de Courcelles, conocida también como Madame Lambert, representante de un feminismo expresado en la Francia de la primera mitad del siglo XVIII. Amar realizó la defensa de que las mujeres deberían también formar parte de las Sociedades Económicas de Amigos del País, un debate planteando en Real Sociedad Matritense. Su alegato fue publicado en el Memorial Literario con el título Discurso en defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno y otros cargos en que se emplean los hombres. Entre los argumentos que esgrime destaca, a la luz de su comprensión del derecho natural, la igualdad de origen: se remite al pecado original y reinterpreta el mito de Eva: la historia relatada en el Antiguo Testamento para Josefa Amar significaba mayor talento de Eva, que pecó por afán de conocimiento y de saber.

Leer: NOVELAS AMOROSAS Y EJEMPLARES DE MARIA DE ZAYAS.

martes, 3 de octubre de 2017

Los poetas románticos.

Así retrata Zorrilla a Espronceda:
«La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara, pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra, rizada y sedosa, dividida por una raya casi en medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre las orejas, pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban en rizos. Sus cejas, negras, finas, y rectas, doselaban sus ojos límpidos e inquietos, resguardados por riquísimas pestañas; el perfil de su nariz no era muy correcto... Su mirada era franca, y su risa, pronta y frecuente, no rompía jamás en descompuesta carcajada.» 

El Canto a Teresa,  una de las más sentidas elegías de toda la literatura española, trata del tema romántico del amor que pasa por diferentes etapas: la ilusión inicial, el choque con la cruda realidad y el desengaño doloroso al final. Está escrito en rotundas octavas reales y es uno de los más bellos ejemplos de la poesía romántica español, por su sincera emoción y su belleza formal. 
Tu fuiste un tiempo cristalino río,
manantial de purísima limpieza;
después torrente de color sombrío,
rompiendo entre peñascos y maleza,
y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
entre fétido fango detenidas.
Teresa, a quien va dirigido el canto, tuvo una hija de Espronceda, se relación cesó en 1836 y murió en 1839 después de arrastrar una vida miserable ya que fue repudiada por la sociedad de su época. Escrita a raíz de su muerte, la elegía se inicia con el recuerdo de las horas de juventud y amor del poeta; su vida entonces la compara a la nave “que el puerto deja por la vez primera” y se lanza con ansia de amor en el mar del mundo. [...]
Lo que un tiempo fue cristalino río, “manantial de purísima limpieza”, acabó en estanque de aguas corrompidas. El ángel de luz se transforma en ángel caído desde que el fuego demoníaco abrasó a la primera mujer en el Edén y pasó en herencia a las que vinieron luego.
De todas las ilusiones y esperanzas anteriores solo queda ahora una memoria, una tumba ante la cual se hiela el corazón del poeta, no sin reconocer que la muerte ha sido para Teresa un descanso. Roída de recuerdos de amargura, árido el corazón, ajada por el dolor y envilecida, solo la muerte podía “envolver tu desdicha en el olvido”. Mas el poeta no podrá olvidar; siempre quedará en él un rayo de la luz con que ella iluminó “la dorada mañana de mi vida”. Y vuelve a evocar otra vez aquellos momentos en que juntos soñaron
Vencer del mundo el implacable encono,
y en un tiempo sin horas ni medida
ver como un sueño resbalar la vida.
Con tales momentos de dicha, Espronceda recuerda también los del dolor; la triste soledad de Teresa, apartada de sus hijos ( cuando inicia su relación con Espronceda abandona su familia y huye con él), acusada por su conciencia, sin lágrimas que llorar, llamando a Dios y blasfemando: ¡Espantosa expiación de tu pecado!» 

Representativa de la poesía del poeta y del período romántico es La Canción del pirata que produjo un poderoso impacto en el panorama lírico de su época por su variedad rítmica y lo novedoso del asunto. Fue imitada numerosas veces y aún hoy se la recita de memoria frecuentemente.
«Sorprende el acierto con que el poeta ha conseguido concentrar en breve espacio un inolvidable paisaje romántico: la noche, la luna, el viento, la tempestad, la lejana y exótica Estambul. Hay una exaltación de la libertad individual, bien recalcada por el estribillo “que es mi Dios la libertad” y que se manifiesta frente a dos conceptos burgueses: la noción territorial de patria y la estima de la vida. Mientras otros pelean por un palmo de tierra, el pirata se siente libre y rey en el ancho mar. La muerte no le importa porque tiene la vida puesta a la aventura: se gana o se pierde sin mayor trascendencia.» (Navas-Ruiz 1973: 177)
«El pirata, perseguido por la ley, como el contrabandista, desafía al mundo con arrogancia y sin temor a la muerte. Es además equitativo en el reparto del botín, como el bandido generoso, pero el poeta lo idealiza al declarar que no tiene más aspiración que la belleza:
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
Solo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
El pirata, por otra parte, personifica al hombre libre: Que es mi Dios la libertad... Mi única patria, la mar. Y esa misma patria, no parcelada ni sometida a dominación ajena, es igualmente símbolo de independencia. Ligera y alegre, la Canción del pirata es un himno a la libertad.» 
 También dentro de la linea del más puro estilo romántico situaríamos su obra Poesías (1840)
 Los temas fundamentales de la obra son el placer, la libertad, el amor, el desengaño, la muerte, la patria, la tristeza, la duda, la protesta social, etc.
Todos estos poemas se inspiran en personajes marginados o excluidos de la sociedad, con lo que por primera vez aparece claramente formulado el tema social en la lírica española. Es también digno de mención el poema «Desesperación», obra que toma un tono catastrófico y gris, característico en parte de la obra en general del poeta extremeño.

 En «El canto del cosaco y A la traslación de las cenizas de Napoleón, ejemplos de romanticismo social, encontramos la creencia de que la vieja Europa, tras las violentas alteraciones producidas a partir de la revolución francesa y el consiguiente predominio de la burguesía, había entrado en un período de descomposición, envilecida por el dinero y el lujo.
El mendigo muestra en una poesía desgarrada el cínico desprecio del pordioseo por una sociedad cobarde que le complace a pesar de resultarle repulsivo, y el elogio de su vida, miserable, pero “como el aire, libre...”. El mendigo se halla, por su tono, muy próximo a la Canción del pirata: el motivo es una nueva exaltación de la libertad individual; pero si esta es allí un producto de la renuncia a la patria, aquí lo es de la renuncia a la integración social y a la participación económica.
El verdugo manifiesta el resentimiento de éste contra los hombres, de cuyo ocio se considera víctima. «El verdugo se siente a sí mismo monumento de la maldad humana y víctima de la opinión. Casi freudianamente, Espronceda interpreta el tipo como la solución legalizada que los hombres ha encontrado a la obligada represión de sus instintos sanguinarios» (Navas-Ruiz 1973: 178)
El reo de muerte ofrece en estridente contraste, el placer y el dolor, el rumor de una bacanal y los “sueños de angustia” del condenado. En una sucesión de antítesis muestra Espronceda la indiferencia del mundo ante el dolor del condenado: cárcel-bordel, reo joven-fraile viejo, sueño dulce-realidad amarga. El poeta se opone a la pena capital.
Tanto El verdugo como El reo de muerte presuponen un cambio de perspectiva en relación a la Canción del pirata o El mendigo: el mundo, la sociedad dirigen su atención ahora hacia unos tipos también al margen, pero para contemplarlos como dignos de lástima. A la visión cínica sucede la visión compasiva.
A Jarifa en una orgía expresa Espronceda su profundo hastío y su amargo desengaño de la vida misma: Mujeres vi de virginal limpieza / entre albas nubes de celeste lumbre; / yo las toqué, y en humo su pureza / trocarse vi y en lodo y podredumbre.
«Los poemas más íntimos y líricos de Espronceda, los mejores quizá, están dedicados a cantar la juventud perdida, el desengaño vital, la desilusión que va dejando el paso de los años, o de otro modo, el tema de la famosa quintilla «Hojas del árbol caídas». Bajo la imagen barroca de la rosa, la idea se desarrolla en el soneto Fresca, lozana, pura y olorosa; pero el romántico no se contenta con simples consideraciones; buscando un giro personal, llega a la comparación de la tragedia de la rosa con el yo:
Mas, ¡ay!, que el bien trocóse en amargura,
y por los aires deshojada sube
la dulce flor de la esperanza mía.
El estado de desolación del poeta ante el huir del tiempo encuentra expresión directa, sin metáforas, en otro soneto, el que figura como dedicatoria en la edición de sus Poesías (1840), dirigido a Carmen de Osorio. [...]
Si el sol simbolizó un día las ilusiones juveniles, la luz declinante de un misterioso lucero simboliza ahora el desengaño. La pregunta medieval del ¿Ubi sunt? surge angustiosa a través de los mismos versos que utilizó Jorge Manrique, para acabar en una desoladora actitud de amargo pesimismo, resignación e indiferencia:
A mí tan solo penas y amarguras
me quedan en el valle de la vida;
como un sueño pasó mi infancia pura,
se agosta ya mi juventud florida.
A Jarifa en una orgía (1838) representa la agudización extrema del motivo. Espronceda, que, como Larra, ha visto deshacerse sus ilusiones de joven, sus deseos insatisfechos, no espera ya nada y concluye:
Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida.
Solo en la paz de los sepulcros creo.»
(Navas-Ruiz 1973: 178-179)
Especial interés presenta su obra miscelánea El estudiante de Salamanca (1839)
Poema narrativo y obra cumbre de Espronceda. Sobre el tema del seductor donjuanesco, que se puede considerar como un acabado exponente del género romántico leyenda, considerado el mejor poema en su género del siglo XIX. El argumento recoge varias leyendas, el mito de Don Juan y elementos de comedias del Siglo de Oro.
Resumimos, a continuación, la exposición que hace Vicente Llorens (1979: 489 ss.) del argumento de este poema narrativo:
Argumento
La inocente doña Elvira se enamora del estudiante don Félix de Montemar, joven noble, arrogante, de hermosura varonil y mujeriego, que pronto se cansa de ella y la abandona. Elvira muere de pena. Una tarde, mientras don Félix estaba jugando a las cartas con unos amigos, entra don Diego Pastrana, hermano de Elvira, que viene a vengarla. Montemar acepta sereno y condescendiente el desafío y sale para batirse con su adversario, no sin haber dado antes nuevas muestras de cinismo:
Don Diego,
mi delito no es gran cosa.
Era vuestra hermana hermosa,
la vi, me amó, creció el fuego,
se murió, no es culpa mía;
y admiro vuestro candor,
que no se mueren de amor
las mujeres de hoy en día.
Después de matar a don Diego, vemos a don Félix de nuevo en la calle del Ataúd, donde oye junto a él un suspiro y ve adelantarse una figura flotante y vaga envuelta en blanca vestidura. Pero la mujer tapada se aleja en silencio:
Su forma gallarda dibuja en las sombras
el blanco ropaje que ondeante se ve,
y cual si pisara mullidas alfombras,
deslízase leve sin ruido su pie.
Siguiendo a la fatídica figura, emprende Montemar su viaje sin término, como ese personaje itinerante que aparece por doquier en la literatura romántica europea, siempre movido por la insatisfacción de lo que tiene y el anhelo de lo inasequible. Las dos figuras se detienen viendo aparecer en medio de la noche enlutados bultos: Que un féretro en medio y en hombros traían / y dos cuerpos muertos tendidos en él. Uno de los muertos es don Diego de Pastrana, el otro, don Félix de Montemar. El estudiante contempla su propio entierro, pero sin grave alteración.
La dama, seguida siempre por don Félix, se detiene ante una puerta muy alta que se abre de repente. Cruzan desiertas y fantásticas galerías: arcos ruinosos, estatuas y rotas columnas, patios oscuros: Todo vago, quimérico y sombrío. En aquel silencioso recinto a don Félix se le aparecen sombras aterradoras que clavan en él sus hundidos ojos. Mas don Félix, en vez de intimidarse, se yergue con redoblado valor. Ahora es el hombre rebelde que ansiando quebrantar los límites de la vida y descubrir la inmensidad de la creación, no duda en provocar la cólera divina, igualándose a Dios y llamándole a juicio:
Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta,
hollada sí, pero jamás vencida:
El hombre, en fin, que en su ansiedad quebrante
su límite a la cárcel de la vida,
y a Dios llama ante él a darle cuenta,
y descubrir su inmensidad intenta.
Don Félix cruza el quimérico recinto con atrevida indiferencia: Mofa en los labios y la vista osada. Por aquel mundo de sombras, donde la vida se confunde con la muerte, vaga también su blanca y misteriosa guía, flotante nube como la ilusión que acaricia esperanza y se desvanece al tocarla, semejante al Humo suave de quemado aroma / que el aire en ondas a perderse asciende. Esta mágica visión cruza veloz e ingrávida la tenebrosa morada y Montemar la sigue; pero se ve precipitado con vertiginoso movimiento por una gradería en espiral, hasta que cesa el violento torbellino que lo arrastró y se encuentra otra vez a la blanca dama sola al pie de un monumento:
Era un negro solemne monumento
que en medio de la estancia se elevaba,
y a un tiempo a Montemar, ¡raro portento!,
una tumba y un lecho semejaba.
Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Aunque imagina que la tumba y el tálamo le aguardan a él, Montemar recobra pronto su osadía, y resuelto a dar fin a la aventura, interroga a la blanca visión:
Si quier de parte de Dios,
si quier de parte del diablo,
¿quién nos trajo aquí a los dos?
Decidme, en fin, ¿quién sois vos?
y sepa yo con quién hablo.
Las palabras de Montemar quedan sin respuesta. Solo se oye, con flébil quejido, un fúnebre llanto de amor. Luego música triste, el murmullo de algún recuerdo que va creciendo sin parar, algazara y gritería, mientras retiemblan los cimientos de la fúnebre mansión. Se remueven las tumbas y los muertos huyen de su eterna morada. Se alzan cien espectros que fijan sus huecos ojos en Montemar. La dama blanca se descubre, mostrando no ser más que un esqueleto. Y es ella, la Muerte, la que abraza a Montemar y lo besa con frenesí mientras él se esfuerza inútilmente por desasirse, hasta que sucumbe con débil gemido que se apaga como un
leve,
breve
son.
Montemar es el símbolo del hombre que no acepta sus limitaciones, y persiguiendo la razón de su destino, se rebela con firma voluntad, aunque inútilmente, contra la realidad.
«Don Félix tiene aire muy español, pero no Elvira, cuya procedencia es nórdica. La figura femenina en la poesía de los románticos españoles no suele tener las características que se atribuyen a la española. El tipo de Carmen, con su amor apasionado y violento, no corresponde bien a la idealización romántica; está en otro plano más primitivo y vulgar, como la Salada de El diablo mundo. La inocente y delicada Elvira, que al verse abandonada por don Félix acaba enloqueciendo mansa y dulcemente, procede de la Ofelia de Hamlet y llegará en su carera poética hasta Bécquer. En El estudiante de Salamanca la vemos soñar y sonreír en medio de su locura, mientras para tejer una guirnalda escoge flores que luego va echando al agua una a una. Elvira canta melancólicamente, las lágrimas interrumpen su lamento y al fin muere de amor. Mas antes recobra la razón y escribe una carta a su amado: Voy a morir: persona si mi acento / vuela importuno a molestar tu oído.
Esta mujer moribunda sigue en su carta evocando las horas de amor, con tristeza pero sin arrepentimiento. Y aunque por un momento pide perdón por lo que ella llama desvaríos, aún los recuerda. La moral del romanticismo fundada en la naturaleza, que inició Rousseau, la había formulado reiteradamente Friedrich Schlegel a lo largo de su novela erótica Lucinde: sólo lo natural es moral.» (Llorens 1979: 490)
En este extenso poema, Espronceda abandona las preocupaciones sociales. El estudiante de Salamanca, incluido en las Poesías, funde poesía dramática y narrativa, y es precursor del Don Juan Tenorio de Zorrilla, que incorpora elementos de la novela gótica inglesa.
Las figuras de los protagonistas están trazadas con firmes rasgos y en dramático contraste: arrogante y donjuanesco él; suave y delicadamente femenina ella. El ambiente y las escenas se hallan descritos con imágenes de sorprendente plasticidad. La obra ilustra la concepción romántica del amor como ilusión por un lado y como único ideal vital por otro. Una vez muerta la ilusión, desaparecen las ganas de vivir. El poeta expresa la aspiración humana a perseguir la belleza y la felicidad y el desencanto que sobreviene al revelársele la verdadera faz de la existencia, fría, repugnante y dominada por la muerte.
«Espronceda comienza realmente donde la leyenda donjuanesca termina: el análisis del fin del burlador, el análisis del sentido de la muerte como misterioso e incomprensible castigo a una vida vivida vigorosamente. Lo que hasta él había sido accesorio, se convierte en él en punto central. En otras palabras, el significado básico de El estudiante de Salamanca no es la burla donjuanesca, sino el encuentro del hombre desilusionado con la muerte, destino único, fatal, irreversible.
Espronceda ha escogido un tipo donjuanesco, porque don Juan representa la vitalidad misma, el hombre que juega sus días con intensidad plena a la aventura, al goce de vivir. Y quiere hacer ver que, incluso así, la vida es pura fantasía, nada. La vaporosa figura que Don Félix encuentra una noche por las calles de Salamanca, y tras la que corre locamente, simboliza este vivir humano: tras los hermosos velos, un esqueleto, la muerte con la que el hombre se desposa al fin, por más que luche por vencerla. He aquí la lección romántica y barroca de la mentira de la vida.» (Navas-Ruiz 1973: 180-181)
La versificación ofrece una riquísima variedad de ritmos que Espronceda adapta hábilmente a las situaciones.