El hecho de que el auge de la tuberculosis se produjera en un período histórico signado por la racionalidad y la creencia en la ciencia y el progreso continuo, quitó a las construcciones imaginarias que la rodearon el elemento mágico generado por otras enfermedades. Esto no quiere decir que a su alrededor no se generara una suerte de moderna mitología, en la que tuvo mucho que ver la forma en que la tisis afectó al conjunto de la sociedad. Aunque la endemia castigó preponderantemente a la población urbana de menores recursos, las clases acomodadas no escapaban al contagio, y una larga lista de personalidades destacadas se vio afectada por el mal. Poetas como Lord Byron, Shelley, Keats o Bécquer; músicos del talento de Chopin, Paganini o Weber; pintores como Watteau y Modigliani. No sólo los artistas fueron víctimas célebres del Mycobacterium tuberculosis. Laennec, a quien se deben las descripciones más detalladas de esta sintomatología, murió de tuberculosis pulmonar, lo mismo que Bichat. Simón Bolívar, el libertador venezolano, alternó sus campañas militares con los embates de la enfermedad, y finalmente sucumbió a la misma, al igual que Napoleón II, duque de Reichstadt, hijo del gran corso y de María Luisa de Austria.
La literatura romántica reflejó las vivencias de la sociedad europea frente a lo que se dic en llamar la “peste blanca”. Desde que Goethe publicara La pasión del joven Werther, se desató una reacción contra las normas estéticas del clasicismo, basadas en la armonía y el culto a la razón. El romanticismo rescató lo tétrico y fantasmal, las heroínas lánguidas y semitransparentes, y en ese ambiente la tuberculosis más que una enfermedad llegó a ser una moda.
Dos novelas, concebidas originalmente como folletines, son los ejemplos más perdurables de cómo se visualizaba el mal du siècle en la primera mitad del siglo XIX. En 1848 Henri Murger, un escritor y periodista francés que había sido secretario de Tolstoi, publicó Escenas de la vida bohemia. La obra, que relata las ilusiones, amores y sufrimientos de un grupo de artistas y estudiantes parisinos, de los cuales Rodolfo, el protagonista, es un alter ego de Murger, obtuvo un inmediato éxito editorial. Aparecida con anterioridad por entregas en las páginas del semanario Le Castor con el nombre de Vida bohemia, fue llevada a las tablas por su autor en colaboración con Theodore Barrère, constituyendo un suceso teatral a fines de 1849. Medio siglo después, el libreto inspiraría a Giacomo Puccini para componer La Bohème, una de las óperas más representadas de la historia.
La tuberculosis no está ausente de la trama de la obra (no en vano Murger mismo morirá de esta enfermedad en 1861). Mimí, la heroína, una grisette parisina que compartió alegrías y penurias con Rodolfo, Marcelo y Musetta, termina sus días como “el número ocho” de una sala de mujeres del Hòspital de la Pitié, esperando en vano el ramo de violetas que su amante no le pudo comprar.
Escenas de la vida bohemia tiene un fuerte carácter autobiográfico, y la mayoría de sus personajes existió en la realidad. Mimí no escapa a esta regla, y todo indica que fue una muchacha proletaria que compartió por un tiempo la existencia bohemia de Murger y sus amigos. Vale la pena detenerse aquí, para señalar que en esta novela quedan estereotipados dos conceptos que se volverán recurrentes en la literatura. Ellos son la asociación de la tisis con la pobreza por un lado, y con la vida desordenada por el otro.
Contemporáneo de Murger fue Alejandro Dumas (h). Si bien sus orígenes fueron disímiles ( el primero era hijo de un exiliado alemán que se ganaba la vida como sastre; el segundo, hijo natural del prolífico novelista homónimo) compartieron experiencias parecidas, y sus obras son un reflejo de las mismas.
Unos meses después de Escenas de la vida bohemia salió a la venta La dama de las camelias. El escenario en el que se desarrolla la acción es muy distinto al de la obra de Murger. En lugar de bohardillas y cafés de artistas, con el fondo pintoresco de Montmartre, palacios y teatros del París de Luis Felipe de Orléans. Los protagonistas no serán pintores y poetas, sino aristócratas y burgueses adinerados, amantes de la vida nocturna. Por fin, Margarita Gauthier, la heroína, es una cortesana de alto vuelo. Pero más allá de las diferencias superficiales, las dos obras tienen similitudes profundas. Ambas relatan amores desgraciados, al mejor estilo de la literatura romántica, y lo que es más importante a los fines de este trabajo, tanto Mimí como Margarita mueren de tuberculosis, y la evolución de su enfermedad es parte central de la trama.
Desde el momento que los ambientes descriptos son diferentes, las alternativas vividas por las protagonistas también lo son. Margarita tendrá un breve lapso de mejoría durante su estadía campestre, pero recaerá definitivamente a su regreso a París. Claro que no morirá en La Pitié como Mimí; lo hará en su casa, asistida por su médico de cabecera y por Armando Duval, su consecuente enamorado.
Pero las coincidencias continúan. Así como Henri Murger se disfrazó de Rodolfo, Armando Duval no es otro que Dumas. También Margarita tuvo, al igual que Mimí, una existencia terrena. Su nombre era Alfonsina Plessis, aunque en su breve paso por la vida mundana se hizo llamar María Duplessis, y murió en 1847, a los veintitrés años de edad. También La dama de las camelias llegará al teatro, aunque después de soportar algunas vicisitudes. Dramatizada en 1849 por el propio Dumas, la censura francesa impedirá su representación hasta 1852, en que es estrenada con éxito.
Al igual que lo ocurrido con Escenas de la vida bohemia, La dama... mantendrá su vigencia gracias a su transformación en ópera lírica. No bien puesta en escena, Giuseppe Verdi se interesa por la pieza teatral, a partir de la cual compone La Traviata, confiando el guión a Francesco María Piave, quien ya había sido su libretista en Hernani, Il Corsario y Rigoletto, entre otras óperas. Piave cambia los nombres de los personajes: Margarita Gauthier será Violetta Valèry, y Armando Duval se transformará en Alfredo Germont, pero la historia no sufre modificaciones importantes.
La Traviata se estrenó en el Teatro Fenice de Venecia, el 6 de marzo de 1853 y constituyó un rotundo fracaso de público y de crítica. Parte del mismo tuvo que ver con la enfermedad de la protagonista. En el último acto, Violetta, consumida por la tuberculosis, sin fuerzas para cambiarse de ropas, muere en escena, rodeada por Alfredo y George Germont y el doctor Grenvil.
Fanny Salvini-Donatelli, la soprano que tuvo a su cargo el papel protagónico, era, a la usanza de la época, una cantante regordeta y de aspecto saludable. Sus esfuerzos por representar el rol de una moribunda no fueron convincentes, y cada vez que intentaba simular la tos de una tuberculosa terminal el público estallaba en risas y abucheos. Quizás esta no haya sido la única causa del fiasco, pero seguramente tuvo bastante que ver con el rechazo inicial a la obra de Verdi.
Un año después, con modificaciones en la escenografía y la règie, La Traviata fue repuesta en el Teatro San Benedetto, en Venecia y, en medio del debate generado por la presunta “inmoralidad” de la obra, inició un periplo que la llevaría a ser la más popular de las creaciones verdianas. Violettas como las interpretadas por María Callas, Renata Tebaldi o Joan Sutherland (sin olvidar la magnífica versión de Teresa Stratas para el cine) hacen que al llegar a la escena final, escuchando aquel:
Cessarono gli spasmi dei dolore¡In me rinasce, m’agita insolito vigor!
¡Ah!¡ Ma io ritorno a viver!
¡Oh, gioia!
¡Ah!¡ Ma io ritorno a viver!
¡Oh, gioia!
prescindamos del aspecto físico de la soprano y de la verosimilitud de sus dificultades respiratorias, y quedemos envueltos en la magia del drama relatado por Dumas e inmortalizado por Verdi.

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