Caballeros 1

miércoles, 25 de mayo de 2011

De la sonoridad de la lengua.

Nuestra lengua castellana parece tener horror al apóstrofe que por otra parte existe en cuantos dialectos se hablan dentro de España. Este horror al apóstrofe parece exclusivo de la meseta central. El castellano viejo pronuncia cada vocablo neto y aislado, independientemente del que le antecede y del que le sigue. Todas las palabras tienen una terminación definida, clara, nítida. No hay vocales intermedias, todo es terminante. Ningún vocablo se funde con otro. Todos demarcan sus fronteras. Es el espíritu de raza, orgulloso, individual, enemigo de asociaciones.
En castellano debe buscarse la harmonía no sólo en el período, no sólo en la cláusula, sino en el vocablo aisladamente.
Yo comprendo la cláusula como un collar de perlas, donde cada una está aislada y puede lucir sola. Las perlas son los vocablos.
Aborrezco ese período que llaman castizo, en el cual no se encuentra la harmonía cuando no se le pronuncia de un aliento. Yo quiero que las palabras puedan desgranarse una a una sin que se desvanezca el ritmo de la cláusula, y se vean como las perlas del collar.
Tengo otro ejemplo para explicar mi idea. Hay cláusulas que son como las pirámides. Si las pirámides fuesen demolidas, en los escombros no quedaría huella de la harmonía del todo; los restos no tendrían ni el menor valor artístico. La cláusula debe ser como la Venus de Milo: admirable con los brazos y sin ellos. Si hoy apareciesen los brazos de la diosa, así separados del cuerpo serían admirables también; una sola mano que apareciese ya sería admirable de por sí misma. La Venus de Milo es siempre una diosa a pesar de todas las mutilaciones.
Nuestra lengua castellana debe cincelarse hasta conseguir con ella hacer sentir el ritmo y la eufonía en cada palabra, que debe sonar aislada y unida.
La repugnancia del castellano al apóstrofe, hace que en él exista el mayor número de palabras de una sílaba, con valor propio. Las palabras de una sílaba, son un obstáculo para la sonoridad y la eufonía. Hay que hacer con la prosa lo que Zorrilla hizo con el verso: una artística ponderación de las palabras de dos y de tres sílabas para destruir el efecto desagradable y durísimo de los relativos, de los artículos, de las proposiciones y de los pronombres monosilábicos, los cuales jamás se funden con la palabra que les antecede o les sigue, sonando por eso mismo siempre aislados.
Otra cosa hay que trabajar en la prosa como en el verso: la variedad de acento en los vocablos. Las palabras llanas, agudas y esdrújulas deben combinarse sabiamente. En la labor literaria no debe dejarse nada ni a la casualidad ni al instinto.
La sintaxis castellana es bastante rica. El literato debe tener un cabal conocimiento de ella, pues cada cláusula debe tener una arquitectura distinta.
No afirmo que esta sea la manera literaria única, pero creo que es una manera, y para cierto linaje de asuntos la mejor. Tal vez sea la evolución hacia el verso del porvenir. Por que verdaderamente la métrica actual, con sus consonantes en la punta, y sus estrofas regulares, es una forma primitiva y nimia.
Tampoco creo que este procedimiento literario deba ser seguido por todos; pero creo que todos deben hacer ensayos y estudios de esta índole.

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