Caballeros 1

lunes, 27 de junio de 2011

Libros para el verano. Manual de inquisidores.

Un hombre con una libreta, un bolígrafo y una grabadora entrevista a distintos personajes relacionados con la figura de un ministro despótico (en lo político y en lo familiar) de la dictadura de Salazar en Portugal creando el retrato de una sociedad en transición entre la dictadura y la democracia.
En Manual asistimos a la trascripción de hechos concretos, de la forma que éstos afectaron a cada uno de los entrevistados, declaraciones orales que son recogidas por una mano indefinida, una especie de narrador amanuense, un recurso que se puede decir que constituye el estilo de Antonio Lobo Antunes. El amanuense narrador del autor compila, selecciona y da consistencia a una serie de relatos orales, un recurso muy arriesgado (puede acarrear cierta monotonía y repetición de la voz narrativa) y complicado que ha progresado hasta formas muy complejas y que han convertido a Antunes en uno de los escritores más peculiares y elaborados de la actualidad. Y también de los que más exigen al lector.Lobo Antunes profundiza en las entrañas del mal a través de hechos puntuales, de recuerdos, de distintas perspectivas, de varios narradores, mostrando fragmentariamente la vida del ministro. La voz, que aunque pertenece a varios personajes está tamizada por el periodista-narrador-autor, permanece constante a lo largo de la novela al igual que un sentimiento de tristeza y miseria. Es una miseria ligada a la ignorancia, en ocasiones incluso analfabeta, pobre y sin recursos, que no nos es ajena a quienes vivimos circunstancias similares. Nada distinta de la rancia miseria de la posguerra española. Tal vez lo que Manual de inquisidores demuestre es que toda dictadura conlleva la soberbia criminal de los dirigentes y la miseria de quienes la sufren.
alarmado por la censura suspendida, la Guardia Republicana que no hostigaba a los sindicatos, los informantes mudos, la policía política inerte, entretenida en la brisca en vez de justificar su sueldo torturando un poco al personal, incordiándolo por distraerse con unas detenciones, unas noches sin dormir, alguna que otra descarga eléctrica, los periódicos que ponían el grito en el cielo sin pudor alguno, la oposición, convencida de que todo se debía al descaro de Inglaterra y de Suecia, defendía ideas, lanzaba opiniones, subvertía al pueblo, unos obreruchos de mala muerte que distribuían panfletos en los que declaraban que no cobraban su salario y pasaban hambre, por amor de Dios, como si pasar hambre y vivir al buen tuntún en habitaciones alquiladas, en medio de una confusión de hijos y de trastos, sin agua corriente ni ventanas, no fuese en realidad lo que los obreros deseaban


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